sábado, 24 de febrero de 2018

DE GASES, BOTELLAS Y EXPLOSIONES...

El Evangelio de hoy (Mateo 5,43-48) es breve, podemos copiarlo entero:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Y ahora que tenemos el paciente sobre la mesa, como esas ranas que salen siempre en las escuelas de las películas norteamericanas, vamos a pasar a diseccionar el paciente:

"Ama a tu prójimo y aborrece a tu enemigo"

Esto tiene que ver con todos nosotros. Ya sabemos el ejemplo famoso de la botella de gaseosa a punto de explotar. El odio es como una ira embotellada que se va a cumulando y que, en un momento dado, explotas sobre otra persona. Estamos sacudiendo y agitando una relación de tal manera que luego explotará. Cuando nos enojamos podemos convertir, en un instante, una relación estable en otra inestable. El problema con la ira y el odio a los demás no son ellos mismos. El problema es con nosotros mismos. Lo mismo sucede con los grandes conflictos, especialmente los enfrentamientos tribales, étnicos, de territorio o guerras civiles. En un momento dado de la historia sucedió "algo" que nada tiene que ver con las generaciones presentes, pero hay personas que siguen ancladas en esas heridas del pasado, y se pasan años, generaciones, acumulando esa ira embotellada (¡que ya es de solera, como los vinos!) y luego explotan con la más leve de las excusas, dando lugar a consecuencias desastrosas: Es lo que sucedió en los BALCANES, en la antigua YUGOSLAVIA, en el enfrentamiento entre HUTUS y TUTSIS, en las guerras civiles, en ORIENTE MEDIO entre judíos y palestinos, y a nivel local puede ser lo mismo que sucede en CATALUÑA. 

Estaba enfadado con mi amigo:
Se lo dije y mi ira terminó.
Estaba enfadado con mi enemigo:
No se lo dije, y mi ira creció.

(William Blake)

La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacer eso. El odio no puede expulsar el odio; solo el amor puede hacer eso. El odio multiplica el odio, la violencia multiplica la violencia y la dureza multiplica la dureza en una espiral ascendente de destrucción. La reacción en cadena del mal -odio que engendra odio, guerras que producen más guerras- debe romperse, o nos hundiremos en el oscuro abismo de la aniquilación. El odio paraliza la vida; el amor la libera. El odio confunde la vida; el amor la armoniza. El odio oscurece la vida; el amor la ilumina. 

Al igual que un cáncer no controlado, el odio corroe la personalidad y borra su unidad vital. El odio destruye el sentido de los valores y la objetividad de un hombre. Hace que percibamos lo bello y bueno del otro como feo malo, y que confundamos lo verdadero del otro con lo falso. 

(Martin Luther King)


El Señor nos está diciendo aquí a su pueblo: "Habéis aprendido a odiar. Yo os estoy enseñando a aprender a amar". Para realmente aprender a amar, debemos empezar a desaprender nuestro odio. ¿Y cómo lo dejamos ir? No dejándolo explotar. Lo dejamos de lado. Nos ponemos en camino, en sentido literal, para que el enojo no tenga una dirección a la que explotar. Cuando acudimos presurosos a la persona causa de nuestro enojo, vamos con la intención de explotarlo en su cara. Cuando nos vamos en otra dirección, o nos distraemos con otra cosa, es como cuando dejamos reposar el gas de una botella que intuíamos que estaba por explotar. Estamos dando lugar para que nuestro enojo se amortigüe. Estamos lentamente, dejándolo ir. Esto nos lleva a la segunda consideración:

"Amad a vuestros enemigos"

Esto tiene que ver con los demás. Amar a nuestros enemigos requiere una paciencia enorme. Se necesita tiempo para realmente aprender a amar a nuestros enemigos. Debido a que algunas personas parecen ser nuestros enemigo (simplemente porque no hemos aprendido a dejarlas marchar), debemos aprender a ser pacientes con ellos. Incluso cuando hayamos aprendido a soltarlos, cuando soltemos nuestra ira, comenzaremos a ver a las personas de manera diferente. A medida que empezamos a amar a nuestros enemigos, hay algunas actitudes que aprenderemos a tener. A medida que alejamos estas actitudes egoístas, crecemos en paciencia. Llamados a crecer en paciencia, tenemos que aprender "a saber perder". Cuando odiamos a alguien, es porque hay una competencia o pelea interna en nuestras vida. La forma en que reaccionamos ante las personas en el exterior muestra el conflicto interno que estamos teniendo en nuestra vida interior. Cuando dejemos de contener nuestro enojo, a medida que aprendamos a dejarlo marchar de una forma saludable, comenzaremos a mirar a las demás personas de manera diferente. Aprenderemos a dejar de odiar a las personas y comenzará a amarlas. Para comenzar a amar a las personas, debemos aprender a ser pacientes. 

Porque, aprendamos esta máxima: "No necesitamos ganar siempre".

Podemos empezar por aprender a perder. Esto está íntimamente relacionado con las palabras del Señor "bendecid a los que te maldicen". Ganar no lo es todo en la vida. Puede haber ganadores y perdedores. Pero solo porque perdamos, de vez en cuando, no nos convierte en perdedores. Al contrario, nos dota de otro recurso más útil, la paciencia. 

Nunca fracasé dos mil veces. Simplemente resultó ser un proceso más largo.

(Thomas Edison, en respuesta a un periodista que le preguntó cómo se sentía al haber fracasado unas dos mil veces antes de inventar con éxito la bombilla)

Algunas personas piensan que tienen que forzar las cosas, que tienen que ganar todo el tiempo. Miran a las demás personas siempre como potenciales competidores (ergo, como sus enemigos) y no como sus compañero de camino. A medida que cambiemos la manera en que miremos a los demás, Dios comenzará a enseñarnos a ser pacientes. Una de las lecciones de la paciencia es el hecho de que alguna vez hemos de perder. No ganaremos todo el tiempo. Y no es necesario. Podemos aprender a ser incluso alentadores para las personas que antes eran nuestra competencia. En lugar de maldecirlos, podemos bendecirlos.

En cambio ningún hombre ha podido domar la lengua; es un mal turbulento; está llena de veneno mortífero. Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios; de una misma boca proceden la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así.

(Santiago 3, 8-10)

Y relacionado con lo anterior, hay otra idea errónea en nosotros: "Tampoco tenemos por qué tener la razón todo el rato". A veces sentimos que debemos tener la razón todo el tiempo. Pero seamos francos, no lo sabemos todo. Tenemos que aprender que a veces, no necesitamos estar en posesión de la verdad siempre. Porque es evidente que nos vamos a encontrar con personas con puntos de vista diferentes a los nuestros. Si bien podemos estar en desacuerdo apasionado con sus puntos de vista, no tenemos que decir que tenemos razón (que es lo que realmente queremos decir cuando espetamos a los demás que están equivocados) todo el tiempo.

Así pues, todos los perfectos tengamos estos sentimientos, y si en algo sentís de otra manera, también eso os lo declarará Dios. Por lo demás, desde el punto a donde hayamos llegado, sigamos adelante. 

(Filipenses 3, 15-16)

Aprender a perder, es decir, no ganar siempre, no tener razón siempre, nos impide pelear. Tratar de ganar o de estar en lo cierto todo el tiempo trae más peleas y causa más enemigos. Algunas veces, por esta incapacidad de ceder, esposos y esposas, y padres e hijos pueden convertirse en enemigos bajo un mismo techo. La Biblia enseña esta sumisión, este saber perder, este saber ceder, en la Carta a los Efesios. Se supone que todos debemos someternos con docilidad los unos a los otros. Ceder significa que no nos saldremos con la nuestra. Otra forma de decir esto es decir que debes permitirnos perder, o no tener razón, en los momentos oportunos.

"Rezad por aquellos que os persiguen"

Ventila hacia arriba, hacia el Señor, las polvaredas de los ventoliques de tus enojos, iras y enfados. El redireccionamiento de nuestro enojo, que queríamos dirigir a las personas que queríamos odiar, debemos dirigirlo a Dios. Esto no es una locura, es saludable. Comenzamos a darnos cuenta de que no podemos ganar, no podemos tener siempre la razón, y no puedes luchar contra estas personas todo el rato. Simplemente todo ellos se convierte en energía desperdiciada. Ellos no son los que se van a cansar por nuestro odio. El desgaste físico, mental y aún espiritual va de nuestra parte. Entonces debemos aprender a dejar marchar toda esa energía negativa improductiva. Tenemos que aprender a perder. Y más importante aún, debemos aprender a elevarlo. ¿A dónde vamos cuando sabemos que aún odiamos a otras personas? Vayamos a Dios. ¿Por qué? Porque Dios es el único que nos cambiará a nosotros y a nuestras circunstancias para que el odio se vuelva amor. Dios nos cambiará, Dios las cambiará. Dios cambiará las circunstancias. Pero Dios comenzará a hacerlo cuando acudamos a él en la oración.

El Señor dijo que rezáramos por aquellas personas que nos hirieron. El Señor nos está hablando de perdón. El Señor nos está diciendo que tenemos que expresar nuestras frustraciones a Dios para que podamos perdonar a las personas que nos han lastimado. No es que nos vayamos a dedicar ahora a atosigar y acosar a Dios. Lo que estamos haciendo realmente es tomar el daño y las heridas que portamos y se las estamos presentando al Señor. Levantamos nuestras heridas a Dios y Él las toma y las sana. Cuando el Señor comience a curarnos, podemos aprender a orar por las personas a las que una vez odiaste, o que seguimos odiando. La oración confiada poco a poco nos convertirá de enemigos en amantes. Cuando rezamos por nuestros enemigos, no podemos evitar el comenzar a amarlos. El Señor hizo esto mismo en la cruz. Él oró a Dios y le pidió a Dios que perdonara a sus enemigos.

Recordemos nuestra antigua botella de gaseosa ¿Qué paso con la que estaba a punto de explotar, pero no la abrimos, y la dejamos reposar? El gas y las burbujas fueron fluyendo a la superficie, poco a poco. Las burbujas que antes hubiesen explotado, pueden elevarse lentamente hacia Dios. Estas burbujas son como todas nuestras heridas, todos nuestros dolores, todas nuestras emociones, todos nuestros pensamientos. Dios quiere -en cierto modo- que le enviemos estas burbujas hechas oración a él (sería la versión carbonatada de "suba, Señor, mi oración como incienso en tu presencia"). Esto libera la presión que puede causar que explotemos. ¿No vimos la primera botella de gaseosa acumular presión y explotar? ¿Vimos la segunda botella? Comenzó a asentarse después de un tiempo de descanso. Esto es exactamente lo que la oración le hace a nuestro odio y enojo. La oración aliviará la presión que sentimos mientras elevamos lo que hemos dejado ir. Mientras dejamos que nuestro enojo descanse, y mientras aprendamos a no mirar a los demás como competidores, aprenderemos a orar por ellos. La oración nos brinda el canal adecuado que nos ayuda a convertir a nuestros enemigos en amigos.