domingo, 31 de marzo de 2013

DOMINGO DE RESURRECCIÓN


Tal es el Alfa y la Omega:
Él es el comienzo y el fin
-comienzo inenarrable y fin incomprensible-
Él es el Cristo,
Él es el Rey,
Él es Jesús,
Él es el estratega,
Él es el Señor,
Él es el que resucitó de entre los muertos,
Él es el que está sentado a la diestra del Padre,
Él lleva al Padre, y es llevado por el Padre,
a Él la Gloria, y el Honor, y el Poder,
por los siglos de los siglos.
AMÉN
 
(Melitón de Sardes)
 
Desde la Asociación FAMILIA EUCARÍSTICA POBRES DE NAZARET te invitamos a contemplar la Gloria de CRISTO RESUCITADO, que surge vestido de blanco, de gloria y de triunfo, con fuerza y poder, vistorioso, del sepulcro, tomando con fuerza de sus manos a ADÁN y EVA, sacándolos de sus respectivos sepulcros, simbolizando de esta manera la admisión de todo el género humano y su participación en el triunfo de CRISTO mediante la que será, en su día, nuestra propia resurrección.

Pero si este icono muestra lo que estamos aseverando en toda su fuerza plástica, no menos evocador es este otro relato, tomado del Evangelio apócrifo de Bartólome (Códice Sabbaítico, Capítulo I, 11-20) en el que CRISTO narra al apóstol BARTOLOMÉ  cómo fue su descenso a los infiernos, para redimir a la totalidad de la humanidad caída desde el principio de los tiempos:


«Era la voz del Infierno, que decía a Belial: A mi modo de ver, Dios se ha hecho presente aquí». 12. Vs [11. Cuando descendí, pues, con mis ángeles al Infierno para romper los cerrojos y las puertas de bronce, decía éste al Diablo: «Me parece como si viniera Dios a la tierra». Y los ángeles dirigían sus clamores a las potestades diciendo: «Alzad, ¡oh príncipes!,las puertas y haced correr los canceles eternales, porque el Rey de la gloria va a bajar a la tierra». Y el Infierno dijo: «¿Quién es este Rey de la gloria que viene del cielo hacia nosotros?» 13. Mas, cuando hube descendido quinientos pasos, el Infierno se llenó de turbación y dijo: «Me parece que es Dios el que baja a la tierra, pues oigo la voz del Altísimo y no puedo aguantarla». 14. El Diablo respondió diciendo: «No decaigas de ánimo, Infierno; recobra tu vigor, que Dios no desciende hasta la tierra». 15. Y cuando volví a bajar otros quinientos pasos y los ángeles y potestades exclamaban: «Alzad las puertas a vuestro Rey y elevad los canceles eternos, pues he aquí que está para entrar el Rey de la gloria», dice de nuevo el Infierno: «¡Ay.de mí! Ya siento el hálito de Dios». 16. Y dijo el Diablo al Infierno: «¿Para qué me asustas, Infierno? Si es sólo un profeta semejante en algo a Dios... Atrapémoslo y llevémoslo a presencia de esos que creen que está subiendo al cielo». 17. Mas el Infierno replicó: «¿Y quién es de entre los profetas? Infórmame. ¿Es acaso Henoc, el escritor veracísimo? Pero Dios no le permite bajar a la tierra hasta después de seis mil años. ¿Acaso te refieres a Elias, el vengador? Pero éste no podrá bajar hasta el fin del mundo. ¿Qué haré? Para nuestra perdición ha llegado el fin de todo, pues aquí tengo escrito en mi mano el número de los años».] 16-17. Belial, a su vez, replicó al Infierno: «Observa atentamente quién es el que ha llegado, porque, o es Elias, o Henoc, o uno de los profetas, a mi modo de ver». Mas el Infierno respondió de esta manera a la Muerte: «Aún no se han cumplido los seis mil años. ¿De dónde, pues, son éstos, Belial? La cantidad está escrita en mis manos». 18. Belial dijo al Infierno: «No te turbes. Asegura bien tus puertas y refuerza los cerrojos. Hazme caso: Dios no baja hasta la tierra». 19. Responde el Infierno: «No puedo oír tus bellas palabras. Siento que revienta mi seno y mis entrañas se llenan de aflicción. No puede ser otra cosa sino que Dios se ha presentado aquí. ¡Ay de mí! ¿Adonde iré huyendo de su rostro, de la fuerza del gran Rey? Déjame esconderme en tus entrañas, pues fui hecho antes que tú». 20. En aquel preciso momento penetré yo y le flagelé y le até con cadenas irrompibles. Después hice salir a todos los patriarcas y vine de nuevo a la cruz».
 
- - O - - -
 
Por otra parte, "nuestros hermanos mayores en la fe" -es decir, los judíos- como tantas veces los han llamado en sus textos los Sumos Pontífices, tienen la bella costumbre de celebrar, desde la celebración de su cena pascual hasta la fiesta de Pentecostés, en la que se verificó, en la primera comunidad cristiana, la venida del Espíritu Santo, la llamada "Cuenta del Omer", cincuenta días de oración en los que van llevando la cuenta de estos días de forma peculiar.
 
Os invitamos, desde hoy, hasta que celebremos Pentecostés, a seguir esta piadosa costumbre, que hemos adaptado para vosotros (con la ayuda de una imagen poderosa, de una gran fuerza plástica y poética, que ilustrará cada día un aspecto concreto del Espíritu Santo, que invocaremos desde hoy hasta la gran fiesta de Pentecostés), comenzando hoy, Domingo de Resurrección, día 31 de Marzo, la recitación del "Primer Día de la Cuenta del Omer":
 
 
Bendito seas, Señor, Dios nuestro, Rey del Universo,
que nos has santificado dándonos el tiempo de gracia del Omer.
Hoy es el día primero, ya faltan cuarenta y nueve días para que tu Espíritu Santo, soplo y aliento, Brisa que aleteaba sobre las aguas como ave sobre sus polluelos, nos unja.
Bendito seas, Señor, Dios nuestro, Rey del Universo,
 que nos has dado a tu hijo, Jesús, nuestro Mesías, como Luz del Mundo,
por que Él ha resucitado, aleluya. A él la gloria y el poder por toda la eternidad.
Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, ¡Celebremos la Pascua! ¡Aleluya! (Lc 24, 34; Ap 1,6; 1Cor 5,7-8).
Espíritu Santo: ¡Lávanos! ¡Santifícanos! ¡Purifícanos!
¡Deifícanos! ¡Inúndanos! ¡Báñanos! ¡Cúranos! ¡Embellécenos con tus preciosos dones!
¡El mundo necesita de un nuevo Pentecostés!
¡El mundo necesita de una deslumbrante manifestación de tu grandeza!
¡Renueva a toda la Iglesia! ¡Ábrela a la gracia y a la misericordia!
¡Efusiónanos y avívanos de nuevo!
¡Haz llover sobre nosotros y la Iglesia una lluvia de dones y carismas!
¡Llévanos a la Estancia Superior!
 
¡AMÉN!

 
 
 



sábado, 30 de marzo de 2013

SÁBADO SANTO: CRISTO YACE EN EL SEPULCRO

"Los cipreses se alegran, porque desde que mi Siervo yace en tierra, no ha venido el leñador a buscarlos"
 
(Cf. Isaías 14,8)
 


La vida se encuentra en el sepulcro,

donde fue sepultado Cristo, Señor mío,

y los ejércitos de los ángeles se asombran desconcertados,

dando Gloria a Dios por tu humildad y tu obediencia.

Tú, que eres la vida ¿Cómo es que mueres?

¿Cómo es que moras en el sepulcro, disolviendo el reino de la muerte y resucitando a los muertos?

Te ensalzamos, Jesús, nuestro rey, y honramos tu sepultura y tu pasión que nos salvan de la corrupción.

Digno eres de alabanza, creador del Universo,

pues por medio de tus padecimientos estamos exentos de nuestras pasiones,

y hemos sido librados de ser depositados, igualmente, muertos en la tierra.

Se maravillan los serafines al contemplarte en el cielo, junto a la Gloria de Dios Padre,

a la par que sepultado entre nosotros en el sepulcro.

Todas las generaciones ofrecen alabanzas a tu sepultura, Señor mío,

porque hoy José de Arimatea, bajándote de la Cruz, te ha puesto en un sepulcro,

a donde acudimos, con las mujeres, a ungirte con el perfume de nuestro lamento.
 


Nuestros hermanos ortodoxos tienen la costumbre, desde que concluyeron los ritos del Viernes Santo, de cubrir el altar con el llamado "epitaphios", un icono -pintado en tela, a modo de mantel- que representa el cuerpo de Cristo en la sepultura.
 
Durante el oficio de la mañana del Sábado Santo, se tiene una pequeña celebración en la que se cantan varios himnos y salmodias, entre ellos el texto que acompaña, mientras el sacerdote esparce sobre el "epitaphios" hojas de laurel, mientras que los fieles lo aspergen con agua de rosas, simbolizando la unción del cuerpo de nuestro Señor, como preparación, antes de ser depositado en el sepulcro.
 
 


viernes, 29 de marzo de 2013

VIERNES SANTO

Os invitamos a hacer con nosotros, dedicando unos pocos minutos, la "Adoración de la Cruz", acto litúrgico por excelencia de hoy, por el que toda la Iglesia -desde el Papa hasta el más sencillo de los niños- se arrodilla, se posterga y se anonada ante el misterio que se alza ante nuestros ojos: "CRISTO crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles" (1 Corintios 1, 23). La imagen del crucifijo es la que preside la Capilla del Seminario de GRANADA, mientras que los textos, de una gran belleza, plasticidad y profundidad teológicas son de uno de nuestros socios.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 "Éste es quién cargó sobre sí los dolores de todos. He aquí el que fue muerto en Abel, atado en Isaac, exiliado en Jacob, vendido en José. He aquí el que fue expuesto a las aguas en Moisés e inmolado en el cordero. Este es el que se encarnó en el seno de la Virgen, el que fue clavado en la cruz y sepultado en la tierra, el que resucitó de entre los muertos y subió a lo alto de los cielos. El es el cordero que no abre su boca, el cordero inmolado, el cordero que nació de María, cordera sin mancha. El resucitó de entre los muertos y resucita al hombre de la profundidad del sepulcro".

(Melitón de Sardes)


 
PERDÓN
 
 
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"
(Lucas 23,34)
 
Jesús el Crucificado Señor de la gloria, culmina su obra obteniendo a los pecadores el perdón del Padre. Lo hace orando (Lc 23, 34) y derramando su sangre (cf Mc 14, 24), así es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo (Jn 1, 19).

En la Biblia, con mucha frecuencia escuchamos al pueblo de Dios, Israel, pidiendo venganza contra sus enemigos (Salmo 35; 59,11ss; 109, 6-20; etc.) Los israelitas pensaban que Dios manifestaba su justicia destruyendo a los adversarios del pueblo.

Jesús, el hijo del carpintero, enseña otro camino: La justicia de Dios se manifiesta en su misericordia. La Salvación se ofrece a través del perdón. Jesús perdona al pecador (Jn 8, 1ss), al explotador (Lc 19, 1ss), al enemigo (Mt 5, 43ss). y en la cruz, experimentando el sufrimiento y la humillación de una muerte injusta, intercede ante Dios por sus verdugos. Realiza en su muerte lo que enseñó en su vida .

Sus verdugos son conscientes, mal intencionados y culpables de la muerte de Jesús (Mc 3, 6; 15, 10; Mt 27, 25); pero Jesús los disculpa ante el Padre: No alcanzan a percibir la gravedad de sus actos.

María está junto a la cruz, y en medio del dolor grande de ver que se tortura y se sacrifica a su hijo, estamos convencidos de que ella se unió a la súplica de perdón que escuchó de labios de su hijo, y también perdonaba a sus verdugos.

Los discípulos, después de la Resurrección, comprendieron esta actitud de Jesús y lo imitaron: Ofrecieron sus vidas hasta el martirio (Hechos 7, 57ss), disculparon a sus perseguidores (Hechos 3, 15-17; 13, 27) y oraron por ellos (Hechos 7, 60).

Esta es la actitud que debe caracterizar a los cristianos: reconocer que los violentos aunque estén asesinando, secuestrando, torturando, explotando y masacrando al pueblo, son nuestros hermanos y debemos amarlos. Nuestra lucha es la de Jesús, que “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 18, 23) y las armas de nuestro combate no son el fusil y la violencia, sino la verdad, la justicia, la Palabra de Dios, la defensa de los débiles, el trabajo por la Paz. (Ef 6, 14ss; Mt 5, 3ss).



PROMESA

 
"En verdad, en verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso"

(Lucas 23,43)


Jesús ofrece su perdón, pero espera que el hombre reconozca su pecado y se convierta. El fue crucificado, en el Calvario, en medio de dos malhechores (Is 53, 12). Si Jesús fue condenado injustamente, aquellos compañeros suyos, de acuerdo con la Ley, sí eran merecedores del castigo.

El primer malhechor, contemplando a Jesús crucificado y compartiendo con El su misma suerte, no transformó su corazón. No le importaba ni su propia culpa ni la inocencia de Jesús. Dominado por un profundo egoísmo, tan solo estaba interesado en liberarse del castigo. Invocó a Jesús como Mesías, compartiendo la burla de verdugos y transeúntes (Lc 23, 35.36.39). Pero su egoísmo no recibió de Jesús respuesta alguna. Su sufrimiento quedó sin esperanza.

El otro malhechor tuvo una actitud bien diferente. Comprendió la inocencia de Jesús y reconoció su propio pecado. Siendo culpable se hizo solidario con su compañero inocente. La súplica de este malhechor arrepentido sí obtuvo respuesta de Jesús (cf. Ez 18, 21-32). Sus sufrimientos se vieron revestidos de esperanza.

María, testigo de este gesto de nobleza de su Hijo, tuvo que experimentar en medio del dolor un dulce gozo al ver que aquel condenado encontraba en su Hijo las llaves de la Vida.


MADRE

 
"Mujer, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu madre"

(Juan 19, 26-27)


Una madre y un discípulo testigos de la muerte del Hijo. Una madre y un discípulo, Juan, frente al Trono de la Gracia, una madre, María, imagen de la Iglesia naciente, testigos de la Iglesia que brota y nace desde el amor, cuya vocación primera e imagen primera son el amor, ¡IGLESIA LLAMADA A AMAR! Iglesia que ha de transmitir la gracia y el testimonio de Jesús sobre la tierra. Es la Iglesia de amor donde se encuentran, representados en el discípulo querido, todos los discípulos que Cristo amaba y sigue amando.

Iglesia que en el gesto de dar lo último que se tiene, la Madre, recibe el torrente de su gracia, el agua de su Espíritu de vida, para que todo el que beba de esta agua no vuelva a tener más sed; para que quien beba el agua de su costado abierto se convierta en una fuente de agua viva que mana hasta la Vida eterna (cf Jn 4, 13-14). Esta es el agua del Espíritu que brota de Jesús glorificado (cf Jn 7,39) haciendo que los hombres nazcan de lo alto.

María es el modelo del israelita fiel, de los pobres de Yahveh que esperan la salvación de Dios, se ofrecen a sí mismos como siervos de Dios, que meditan en su corazón, día y noche, la Palabra del Señor (Lc 2,19.51; cf. Salmo 1,2); viven al servicio de Dios (Lc l,38) y de su pueblo (Jn 2,1-5), y que, confiando en la misericordia divina (Lc 1,50), esperan de Dios la salvación (Lc,1,54-55).

Juan, el discípulo amado, es el modelo de todo cristiano que comparte su vida con Jesús (Juan 13, 23) y entra en intimidad Con Él (13, 25); lo sigue (18, 15) y acompaña hasta el final; constante hasta la misma cruz (19, 25). Se preocupa por sus hermanos (Jn 18, 16) y les cede el primer puesto (20, 3ss). Testigo de su presencia viva (20, 8), lo reconoce y lo anuncia a sus hermanos, proclamándolo como Señor (21, 7).

Jesús, crucificado, le hace ver a su Madre que un discípulo así, como Juan, es fruto de sus entrañas. María, la humilde sierva del Señor (Prov 31, 10ss) puede seguir engendrando en la Iglesia muchos hermanos de Jesús que sean como el discípulo amado.

Jesús, crucificado, hace ver también a sus discípulos que deben acoger a María, la fiel servidora, la llena de Gracia, como Madre de la comunidad. Pues solo con Ella en casa podrá convertirse la comunidad en verdadera familia de Dios (Mc 3, 33s)

ABANDONO


"¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?"

(Juan 19, 26-27)


En esta soledad de Jesús hallamos el más hondo misterio trinitario.

Este es el silencio desesperante de Dios, la verdad de la Palabra eterna que ha venido a encarnarse sobre el mundo.

Pues bien, al llegar hasta el final, esa Palabra de amor y comunión se convierte en grito de pregunta: una llamada abierta hacia el misterio, como voz que horada las profundidades del silencio y de la noche.

En esta Palabra de Jesús, que grita y llama desde el centro de la angustia de la tierra, nos sabemos todos incluidos

En ella se condensa nuestra angustia, la voz de nuestra duda.

Llamamos a Dios con el Cristo; y Dios que es Padre acoge nuestra voz y nos responde, en un misterio de amor y comunión que sobrepasa todas las razones de la historia.

La presencia de la Madre y el Discípulo Amado (amigo) nos sostiene, mientras llega (está llegando ya) la aurora de la Pascua.

El Jesús que ha proclamado la llegado del reino descubre que toda su obra ha sido destruída desde el rechazo de las autoridades de Roma e Israel.

El fin, la última imagen es la de la Cruz, abandonado a su dolor, sin más salida ni remedio que la muerte.

Es el momento de la gran tentación, la prueba definitiva.

Toda la oscuridad del mundo queda reflejada en la negrura interior del Dios que muere en soledad.

Jesús, no logra ver, no encuentra nada salvo el grito misterioso de una palabra que penetras en las entrañas del Padre y de los hombres.

No llama a Elías, por que no pide venganza de la tierra, llama al Padre preguntando por su obra y su presencia, por su reino y su gracia.

¿Donde está ese Padre del amor que le enviado y sostenido en el camino?

Muere como mueren los hombres de la tierra: ¡preguntando!

Muere en medio de la oscuridad del mundo, muere mientras siguen las burlas de los hombres que se ríen del justo fracasado, muere pidendo al Padre que se manifieste.

Pero no reprocha nada, no enjuicia, no acusa.

Simplemente pregunta y llama en actitud de pleno desamparo para descubrir así la grandeza del Dios que sostiene a Jesús en su camino de entrega redentora para que esta pregunta de Jesús, su hijo, que brota del Amor de Cristo, penetre en el abismo de la muerte y manifieste así la respuesta final que viene con la Pascua, el tiempo de la esperanza y del triunfo que nos lleva a confesar: ¡verdaderamente Jesús es el Hijo de Dios!, camino de fe para todos los creyentes.

Muchas veces, nosotros alzamos nuestra voz al cielo para preguntare a Dios: ¿Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo?, ¿porqué tanta maldad entre los hombres?

Otras veces, cuando experimentamos un sufrimiento prolongado preguntamos: ¿Hasta cuándo tendré que soportar estos dolores?, ¿será que la situación de mi familia no tiene arreglo?, ¿seguirá reinando por siempre la violencia en mi pueblo?

Suplicamos a Dios que mejore nuestra situación, y a veces nos parece que El no nos escucha.

Nos sentimos abandonados por El.

Esta misma experiencia de abandono la ha sentido el pueblo de Dios desde hace muchos siglos.

En la Biblia encontramos continuamente gritos y lamentos pidiéndole a Dios que despierte; que vea el sufrimiento de su pueblo y escuche su clamor (Salmo 10,1; 43,24; 73,10; 12,13; Job 13,24; 21,7; Lam. 2,20; 3,34; 5,20; Hab.1,2; 1,13; Jer.12,1.4).

Jesús, aunque es el Hijo Eterno de Dios, al compartir su vida con nosotros también experimentó este abandono.

Se sintió condenado por los hombres y desprotegido de Dios (cf. Salmo 22).

Con su grito angustioso al Padre nos invita a que nosotros también, sin temor, pongamos nuestras quejas, preguntas y temores delante de Dios.

Nosotros sabemos que, aunque Jesús se sintiera abandonado por el Padre, este estaba con Él, muy cerca, llenando de sentido su dolor.

Y no solo estaba el Padre, también la madre, María estaba allí, presente, solidaria, contemplando y compartiendo con amor materno la debilidad de su Hijo, su soledad, y su dolor.

SED

 
"Tengo sed..."

(Juan 19, 28)


Jesús es la Fuente de la Vida; de El brotan corrientes de Agua Viva; ha invitado a todo aquel que tenga sed a que se acerque a El y beba (Jn 7, 37s) para que nunca más sienta sed (4, 13).

Pero ahora, exhausto en la cruz, expresa su ansiedad: Tiene sed de apurar la copa que le ha dado a beber Su Padre (Jn 18, 11); tiene sed de volver donde Aquel que lo envió al mundo (16, 28); sed de volver a ver el rostro del Dios Vivo (Salmo 42, 3; 43, 2) ; sed de ver culminada su obra: Él ha venido para que tengamos Vida, y la tengamos en abundancia (Jn 10,10).

Pero, para calmar su sed, ha tenido que beber un trago amargo: hiel y vinagre. Sufrimiento y humillación, desprecio y abandono, agonía y muerte.

Jesús sabe que su sed será calmada. que después de su retorno al Padre, se enjugarán las lágrimas de los ojos de los hombres, y entre ellos habrá un cielo nuevo y una nueva tierra donde habite la justicia (ls 65, 17).

María también sabe por experiencia que la sed será calmada y que al final de los tiempos todos podremos beber del mejor vino.

CUMPLIMIENTO

 
"Todo está cumplido..."

(Juan 19, 30)


¡Todo está cumplido! Misteriosas palabras que nos manifiestan el Trono de la Gracia: muerto por nosotros. Dios que está en Cristo sosteniendo su camino de entrega por los hombres en un gesto de amor ilimitado ama a Cristo y así nos ama a nosotros, los hombres, al acoger a su propio Hijo que se ha ofrecido por nosotros (Jn 3, 16).

Es el Padre que por su bondad y grandeza sostiene entre sus brazos y rodillas la Cruz y en ella a Jesús, manifestando el Trono de la Gracia, Jesús muerto en gesto de victoria y donación que nos ofrece su Espíritu de amor, el que ha muerto es el dueño de la vida sostenido por el Amor, la cruz que era maldita (Gal 3, 13-13) se convierte en bendición para todas las gentes. Cristo es el bendito porque ofrece desde el trono de su gracia la sangre de la vida, el vino nuevo y verdadero del banquete de las bodas (cf Jn 2, 1-11).

Entendamos desde aqui la palabra final del Señor crucificado. La entrega es el gesto libre de ofrenda de la vida, dar la vida para ganarla (cf Mt 16, 25). En Jesús CUMPLIMIENTO de la voluntad salvífica del Padre encontramos el principio y el modelo de la entrega de la vida. Es el amor ya convertido en ofrenda de sí mismo, el amor hecho principio y fuente de existencia, donde no se tiene nada, salvo el vacío y la impotencia, la angustia y el dolor, es donde se viene a tener todo y donde todo puede darse por los hombres.

No hay imposición , no hay ley, no hay fuerza alguna (judíos y romanos), solo hay ofrenda libre de amor, gracia compartida, derramada, amor abierto y transparente, señal de la Presencia.

Jesús es el Mesías que Israel esperaba; es el Pastor que vino a cuidar de su rebaño (Zac 34, 11ss); el Hijo de David que vino a instaurar la justicia, y el reinado de la paz (15.11,1-9; Sal 72). Es el Consolador de Israel que enjugará las lágrimas de todos los rostros (15.25,8; 51,12); el Siervo Sufriente que hará llegar la salvación a todas las naciones (15 49, 6; Sal 22, 30). El Redentor que libra a Israel de todos sus delitos (Sal.130,8).

Desde la cruz, y próxima su muerte, puede expresar confiado que la Obra que le encomendó su Padre (Jn 4, 34; 17, 4) ya la ha culminado: Ya reveló el Rostro de Dios ante los hombres; ya anunció el Evangelio a los pobres; ya dio testimonio de la Verdad. Dio vista a los ciegos, libertad a los cautivos; curó a los enfermos, perdonó a los pecadores convertidos; dio la Nueva Ley para su pueblo; comunicó la misericordia divina a nacionales y extranjeros; exaltó a los humildes y desautorizó a los soberbios. Instituyó la comunidad de sus discípulos, les entregó su Palabra, y su Cuerpo y Sangre como alimento. Ahora está entregando su Vida como muestra de su Amor extremo.

Con la muerte de Jesús culmina El su obra y comienza la obra de su pueblo: Han de evangelizar a todos los pueblos (Mt 28, 19); promoverán la unidad, se harán servidores de los más pequeños, expulsarán el mal, se harán testigos de la Verdad y ofrecerán, con padecimientos, sus vidas por el Reino. Pescadores de hombres, tomarán sobre sus hombros la cruz que el mundo les imponga, hasta que al final de los tiempos se haya instaurado de una forma definitiva el Reino.

Jesús no estuvo solo; desde su concepción hasta la cruz María permaneció a su lado. Ella dio su sí al ángel, y su entrega fue definitiva e irrevocable. Ahora puede también con su Hijo exclamar: Todo está consumado. Y es ella misma la que se queda con la Iglesia acompañando para que la comunidad de los creyentes pueda consumar igualmente su misión.

ENTREGA

 
"Padre, en tus manos entrego mi espíritu."

(Lucas 23, 46)


Estas son las palabras finales de Jesús sobre la Cruz. Recogen la actitud del viejo israelita acosado, perseguido y destruido que ha puesto su vida en manos del misterio omnipotente (Ps 31, 6). Desde ellas hemos de descubrir que para Jesús no es ya el abondono sino la plenificación de toda su existencia. Plenificación de su existencia por que las cosas del Padre le han ocupado hasta el extremo de que pudiera parecernos locura, renunciando a bienes y casa, saliendo a los caminos, anunciando la palabra del renio y reflejando su presencia para cumplir la voluntad del amado Padre (cf Jn 4, 34). Ahora, al final de su camino, cuando se ha repartido todo el amor, no queda absolutamente nada, hasta volver al principio, a quien le dió la existencia se la devuelve, su propia vida que es entregada al Padre. Lo ha descubierto, lo ha compartido y ahora toca sencillamente llamarlo: ¡Padre!

Llamarlo para que el brillo de estas manos de cariño le vuelvan a acunar, acariciar, sostener, consolar, frente a las manos que matan, las de Roma, que denuncian, las de Israel, las manos de una cruz que le agarrota y atenaza. Manos creadoras del Padre que dicen: Vive y que le dan la vida. Clavado en la cruz, Jesús apela al gran misterio de las manos del Espíritu del Padre. Nada pide, nada exige, nada ruega. Le basta con saber que hay unas manos que le alientan y le acogen desde el fondo de la muerte.

Jesús, entregado, en manos del Padre, dando el aliento imperceptible de muerte que se apaga, aliento creador, aliento de vida que triunfa sobre la muerte, es la pascua transformadora, el mundo nuevo que brota del entregar el Espíritu. Así pone en manos del Padre no solo este aliento y su persona, sino toda su obra destruída y deshojada: unas mujeres amigas que conserva el consuelo de sus ojos humedecidos de cariño, una madre que sufre, quizás algún discípulo perdido. No le queda más. Ahora Él es ¡El grano de trigo sembrado en la tierra con todo lo suyo!

Los enemigos de Jesús pensaron que con su muerte acabaría todo (cf. Sab 2, 12-20). Pero la vida de los justos está en manos de Dios (Sab 3, 1). Jesús sabe que tiene a Dios por Padre (2, 16), y que El creó a los hombres para la inmortalidad (2 , 23). Encomienda su espíritu a Dios, porque sabe que El le rescatará de la muerte (Sal 31,6). Aunque en su inquietud decía: ¿Por qué me has abandonado?, estoy dejado de tus ojos (Sal 31, 23), sabe que Dios oía la voz de su plegaria cuando clamaba a Él (31, 23).

María, la madre, se había hecho servidora incondicional del Padre y fue cubierta con el don del Espíritu. De allí nació Jesús. Ella lo ofreció al Padre el día que lo presentó en el Templo, y allí mismo, doce años después, escuchó de su Hijo la verdad sobre su vida: debía ocuparse de las cosas de su Padre.

Ahora, débil e impotente, Jesús encomienda su Espíritu al Padre, y María, la madre, ofrece también al Padre el fruto bendito de su vientre.

La confianza de Jesús en el Padre da firmeza a nuestra esperanza: Vale la pena entregar la vida entera por el Reino, aunque esto nos atraiga sufrimientos. Nuestra vida, y la vida de nuestro pueblo, está segura en las manos de Dios, que es nuestro Padre. Y para mantenernos firmes en esta esperanza contamos con el apoyo permanente de la madre.

jueves, 28 de marzo de 2013

JUEVES SANTO


LA FAMILIA EUCARÍSTICA
POBRES DE NAZARET
te invita a adorar a
JESÚS EUCARISTÍA






"No hallo placer en la comida de corrupción, ni en los deleites de la presente vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de JESUCRISTO, de la semilla de DAVID; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible. Reuníos en una sola fe y en JESUCRISTO... Rompiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en JESUCRISTO"
 
(San JUSTINO)
 
(NOTA.- Antes de seguir leyendo, puedes crear un ambiente de oración, para ponerte en presencia del Señor Eucaristía, que te mira, en la adoración, dándole al "play" de la siguiente canción)
 

 
 
A continuación os invitamos a que meditéis y recéis, con especial cariño y dedicación, esta catequesis, redactada por uno de nuestros socios, en la que nos invita a profundizar un poco más en el significado eucarístico del día de hoy, JUEVES SANTO, día de la institución de la Eucaristía, día del sacerdocio, día del servicio y día, por excelencia, del amor y la caridad.

EL PAN QUE TODOS FORMAMOS

Hace años tuve la suerte de poder visitar mi pueblo. Cuántos recuerdos escondidos no sólo en la mente sino también en el corazón. Ese lugar íntimo en el que celosamente guardamos nuestra vida y al que volvemos en tantas ocasiones para encontrar nuestras raíces.

Por un instante me sentí extraño a mi gente, a mis raíces... Casi perdido. De suerte topé con la tahona y allí, ante aquella puerta de madera vieja y medio caída, los años no pasan en balde, aturdido por un profundo olor a pan caliente, recién sacado del horno, el corazón empezó a latir con fuerza, mucha fuerza. Los recuerdos afloraban como un río que nace a la vida y era esa experiencia la que latía en mi corazón: ¡Cuantas veces mi abuela me llevaba de madrugada con ella a buscar las ascuas que durante la noche habían cocido el pan de MONTEFRÍO y que luego alimentarían ese brasero que nos unía a todos en la mesa camilla! ¡Cuántas horas viendo como mi abuelo amasaba la harina con fuerza en la artesa! ¡Cuántas horas de juego teniendo entre mis manos un trozo de masa, haciendo panecicos que nunca encontrarían el calor de un buen horno con el que cocerlos!

Abusando de la confianza de los que regentaban la tahona, recordando aquellos viejos pasillos llenos de leña, llegué hasta la boca del horno, vivo, como siempre ha permanecido en mi mente. Ante la perenne invitación que hace el fuego, me senté sobre un haz de leña de olivo, y dejándome acariciar por sus cálidos y acogedores brazos empecé a dejar fluir mis sentimientos, mis recuerdos, mi vida... ante aquel testigo siempre encendido que era el horno, lo mismo que la fe. Me encontré -de repente- sin saber cómo, haciendo oración...

MONTEFRÍO, la tahona, el horno, la artesa, unas manos grandes, las de mi abuelo que era panadero... Espigas, harina, el molino, agua, sal, aceite, el horno... ¡Huele a EUCARISTÍA! De un corazón de niño acostumbrado a estar entre panes grandes y hermosos que alimentaban mi cuerpo a un pan muy distinto, el que todos los cristianos formamos en la Eucaristía. De unos recuerdos de la infancia a la vida de sacerdote y en ella su eje, la EUCARISTÍA.

¡Hermano, déjate hacer pan en este año de gracia para que el Señor te haga Eucaristía! ¡Hermanos formemos un solo pan que recibe el Espíritu en y por la propia dinámica de la Eucaristía en nuestros grupos! Te preguntarás: ¿cómo? Es bien sencillo: Recordemos el camino que recorre el trigo hasta convertirse en pan. Sólo así entenderemos y lograremos la unidad que para toda la Iglesia deseamos los que la aman. El símbolo por excelencia unidad es el pan, formado por muchos granos...

Espigas:

Para obtener pan hace falta hace falta que se reúnan muchos granos... el proceso es lento y, a veces, doloroso: campesinos que aran la tierra, siembran con la misma esperanza que lo hace el sembrador evangélico, pajarillos que se alimentan del grano confiando en la Providencia, el agua tan deseada y necesaria para los campos -que a veces no llega-, el Señor que hace llover, en su infinita misericordia, sobre las tierras de buenos y malos, el sol que acaricia, dora y madura el grano, la pausa en medio de la siega para rezar el Ángelus, el trabajo de separar el grano de la paja en la era...

Un solo grano no basta...

Hemos venido a nuestros grupos para hacernos pan, hacernos Eucaristía, con procesos e historias completamente diferentes... para ello es necesario ser valientes, tenemos que dar un paso muy importante: salir de nosotros mismos, superar nuestro egoísmo... no somos granos aislados; hemos sido sembrados en una tierra buena, lo mismo que todos nuestros hermanos, insertados en la misma Iglesia por el agua del Bautismo, madurado y crecido en los campos de nuestros grupos de alabanza, dorados al sol del Espíritu Santo que nos prepara para que demos fruto, que nos orienta a la siega, a morir para que otros sean...

Dejemos de ser un solo grano para ser espiga junto a otros granos y ponernos en marcha hacia la comunión.

Pensemos en las veces que hemos roto la comunión... en la Iglesia, en nuestros grupos, en nuestra familia, en nuestra tierra... y pidamos perdón al Señor, a la Iglesia, a los hermanos...

Dejarse moler y amasar:

Para ser harina los granos han de dejarse moler en el molino. Con los granos enteros no se puede hacer la masa. Una vez hecha la harina se puede hacer la masa. Nosotros nos tenemos que dejar amasar por las manos amorosas de Dios para dejar nuestro «yo» y convertirnos en «nosotros». El molino es para nosotros nuestro grupo, parroquia, comunidad, asociación... en él hemos sido convocados todos los granos, en él nos vamos liberando, por la oración, el testimonio y la alabanza de los hermanos, de todo aquello que nos individualiza y nos hace autosuficientes... nuestra cascarilla (todo aquello que hemos puesto entre nosotros y los hermanos para protegernos, para sentirnos seguros, para evitar el compromiso), de nuestra paja (de todos los prejuicios, las ideas preconcebidas, las propias ideas, que me impiden ver al hermano tal cual es y Dios lo ama y me hacen quedarme en lo superficial).

¿Estamos decididos a ser trigo que se muele y se deja amasar y cocer, para llegar a ser el Cuerpo de CRISTO que se entrega para la vida del mundo? ¿Seremos capaces de formar un auténtico hogar, al calor del horno, Espíritu e Iglesia; de hermanos que sentados en la misma mesa, al amor de la lumbre, comparten el mismo pan?

Harina:

Cada uno de nosotros ha sido llamado por el Señor para estar en nuestros grupos, para dejar la soledad de nuestro sembrado, la seguridad de nuestra espiga, la autosuficiencia de mi grano, los moldes de mí cascarilla... y convocarnos en el molino de la Iglesia, cuyas aspas giran eternamente alentadas por el soplo del Espíritu.

La harina representa lo mejor de todos nosotros, individual y comunitariamente considerados: con un grano que falte disminuye la medida de la harina; la harina es el fruto de todos los granos. Sean así nuestros grupos, comunidades y parroquias: si falta un hermano que la comunidad se resienta (falta su alabanza, falta su oración, falta su testimonio, falta su adoración, falta su canto...), que la comunidad no deje perder a un hermano, que sea harina, que integre, invite, convoque, estimule, anime... bastantes espantapájaros hemos padecido ya los hermanos en cada una de nuestras vidas... Entre todos construimos esta comunidad cada día; nuestra harina es necesaria para el bien de todos.

Otras harinas:

No todas las harinas son iguales, no todas han sufrido el mismo proceso, no todas tienden al mismo fin... las necesidades y la historia del hombre nos ofrecen una gran cantidad de harinas: puras y refinadas, integrales, sémola, de repostería, de freidurías, de migas... y de diferentes historias y aún circunstancias:: de trigo, de maíz, de habas...

Añadimos a este pan que queremos formar estas otras harinas que arrastramos, no podemos renunciar a ellas porque forman parte de nuestro propio ser de granos y han de molerse, cocerse, integrarse de la misma manera si queremos ser sinceros con nosotros mismos, con la comunidad y con la Iglesia.

Y así incorporamos nuestra historia de pecado y conversión, nuestras heridas, nuestras bajezas, nuestra desesperanza, nuestra desilusión, nuestra impureza... Le pedimos al Señor que cuando este pan que formamos, sea alzado y presentado al Padre en la Eucaristía, el Espíritu Santo lo transforme en gracia, en don, en regalo, en compromiso, en coherencia, en sanación, en liberación...

Agua:

El agua es el elemento que va a ayudar a integrar, a construir, a aglutinar la volatilidad de la harina que al mínimo soplo se dispersa. Esta agua es el Espíritu Santo, recibido ya en el agua del Bautismo que construye -en cada uno de nosotros- la Iglesia, que llena nuestros corazones de amor, de unidad, de comprensión de unos para con otros.

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado...»

Sal:

Hasta ahora la masa no tiene sabor... esta sal representa las cualidades y talentos de cada uno de nosotros, que deben ser compartidos para adornar esta gran familia que formamos. Cada uno de nosotros ha recibido ya su salario (la medida de nuestra riqueza, carismas y dones dada en sal), que habremos de gestionar con diligencia para bien de la Iglesia, de la comunidad, de nuestra vida y de nuestros hermanos. Si no compartimos este salario no tendrá sentido ni nuestra vida de hermanos, ni nuestra vida de comunidad, ni nuestra vida en la Iglesia...

Recordemos las palabras del Señor... «¡Ay, si la sal se vuelve sosa! No sirve ya más para que la echen al suelo y la pisoteen...»

Levadura:

El pan no crece, no sube, no llega a ser lo que debe ser si no tiene levadura... quizás éste sea un momento crítico en la elaboración del pan... ha de tenerse cuidado para echar la medida justa... de lo contrario el pan no tomará su consistencia justa, o por el contrario quedará convertido en una masa amorfa, amarga y sin gusto si la medida es excesiva... ha de tenerse paciencia para que la levadura fermente, poco a poco, desde el corazón y la intimidad de lo secreto en un proceso imperceptible para el observador, la totalidad de la masa.

«El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que la mujer toma y la mete en tres medidas de harina que fermenta todo»

El Espíritu Santo es el que da cuerpo, es quien nos va transformando -imperceptiblemente- desde lo más profundo, íntimo y secreto de nosotros con tal que pongamos nuestra parte, nuestra disponibilidad, nuestra apertura a su acción: nuestra harina, es quien nos ofrece ojos de fe para ver fermentar nuestra harina en nuestra vida, es quien nos da paciencia para que el Señor obre en nosotros como él quiera, a su ritmo, sin agobiarnos por nuestra percepción de nuestro pobre crecimiento, sin desbordarnos porque creamos que ya se ha transformado todo en nosotros.

Aceite:

El aceite suaviza, ablanda, unge, da consistencia a la masa del pan. ¿Cuántos de nosotros no hemos merendado, de pequeños, una torta de aceite dada con todo cariño por nuestras madres?

Desde el comienzo de nuestras vidas, desde el comienzo de este proceso que estamos narrando para hacernos pan, para hacernos Eucaristía, esta comunidad que estamos haciendo en el Señor, la Virgen MARÍA, ha tenido un lugar privilegiado.

En efecto, María, ella que fue la primera ungida del Espíritu Santo en la Encarnación, la que hizo de su cálido y acogedor seno el lugar privilegiado de la presencia real, como en la Eucaristía, del Señor en nuestra historia, que nació en BELÉN (“Casa del pan”); la primera que hizo el pan de su casa y de su familia y comprende muy bien todo este proceso... continúa hoy en día poniendo cariño, suavizando las situaciones de roce entre nosotros, consiguiendo así la unidad a la que aspiramos.

Horno:

La masa ya está preparada para cocer en el horno. El horno representa nuestra vida, nuestra convivencia, nuestra cotidianeidad. La comunidad de los creyentes se hace día a día, viviendo con intensidad, responsabilidad y compromiso, momento a momento. No somos algo hecho, acabado, terminado... Cada día hay que formarla, hay que mimarla con el calor de nuestra amistad y nuestra entrega, con el calor de CRISTO. Se trata de vivir una vida en CRISTO, Señor de nuestras vidas... que el Señor sea el único que mueva, dinamice, sustente, aliente y haga madurar esta dinámica eucarística en la que nos hemos insertado, con todos nuestros hermanos, desde que fuimos plantados en la tierra con el don y regalo de nuestra vida y existencia, hasta que fuimos hechos uno en el corazón de Dios, en la Iglesia. El horno es la Iglesia y nuestra vida.

Esta fue la oración que suscitó el horno de la tahona, ante el desfile de los recuerdos de mi vida y de mi infancia, una tarde de otoño al calor de la lumbre... Torpes y pobres son mis palabras, pero esta es una reflexión de la Iglesia, un sentir común del Pueblo de Dios, una experiencia de todos los que ha hecho, de la mesa y la celebración eucarística el momento privilegiado de su propio crecimiento individual y comunitario, para hacernos pan, para hacernos Eucaristía... Concluyo con las bellas palabras de S. AGUSTÍN que se me antojan más edificantes que las mías:
 
«Y puesto que Cristo sufrió por nosotros nos confió en este sacramento su cuerpo y su sangre, en que nos transformó también a nosotros mismos, pues también nosotros nos hemos convertido en su cuerpo y, por su misericordia, somos lo que recibimos. Recordad lo que era antes, en el campo, este ser creado: cómo lo produjo la tierra, lo nutrió la lluvia y lo llevó a convertirse en espiga; a continuación lo llevó a la era el trabajo humano, lo trilló, lo aventó, lo recogió, lo sacó, lo molió, lo amasó, lo coció y, finalmente, lo convirtió en pan. Centraos ahora en vosotros mismos: no existíais, fuisteis creados, llevados a la era del Señor y trillados con la fatiga de los bueyes, es decir, de los predicadores del Evangelio. Mientras permanecisteis en el catecumenado estabais como guardados en el granero; cuando disteis vuestros nombres para el bautismo, comenzasteis a ser molidos con el ayuno y los exorcismos. Luego os acercasteis al agua, fuisteis amasados y hechos unidad; os coció el fuego del Espíritu Santo y os convertisteis en pan del Señor. He aquí lo que habéis recibido. Veis cómo el conjunto de muchos granos se ha trasformado en un solo pan; de idéntica manera, sed también vosotros una sola cosa amándoos, poseyendo una sola fe, una única esperanza y un solo amor».

(San AGUSTÍN: Sermones 6; PL 46,384s).

martes, 26 de marzo de 2013

CRÓNICA DE UNA ILUSIÓN... PESE A LA LLUVIA

 
Dos de nuestros socios ya pertenecían a la HERMANDAD SACRAMENTAL DE SAN FRANCISCO DE ASÍS Y SANTA CLARA Y REAL COFRADÍA DE PENITENCIA DE NUESTRO PADRE JESÚS CAUTIVO Y MARÍA SANTÍSIMA DE LA ENCARNACIÓN, lazos que, sentimientos cofrades aparte, se vieron estrechados tras su intensa experiencia vivida en el viaje a TIERRA SANTA hace dos años, donde quedaron prendados de la CASA DE LA VIRGEN en NAZARET, por eso, dada la vinculación franciscana y el compromiso sacramental de esta cofradía es por lo que aún se sintieron más identificados con la misma.
 
Por eso, una vez constituida la Asociación, el movimiento natural era estrechar lazos con dicha Hermandad, sobretodo para ayudarles en cuanto pueda serles preciso a nivel asistencial y de ayuda, que ellos también sabrán las necesidades que puede haber entre sus hermanos, sus familiares, sus conocidos o su barrio de residencia, dado que la crisis nos azota a todos por igual, e incluso, las imágenes titulares residen todo el año en el CONVENTO DE LA ENCARNACIÓN de las clarisas, lo que incide en el hecho de que, por Estatutos, parte de nuestra ayuda social debe volcarse con instituciones franciscanas, especialmente, clarisas, franciscanos y la CUSTODIA DE TIERRA SANTA franciscana.
 
Por eso se creyó oportuno, por parte de la Junta Directiva, solicitar de dicha hermandad la autorización para salir en representación de la Asociación en su propio cortejo procesional (que es el DOMINGO DE RAMOS), algo a lo que la Hermandad, en la persona de su Hermano Mayor, accedió con mucho gusto. Desde entonces ha sido un mes de mucha ilusión y de muchos preparativos, sobretodo en la confección de nuestro estandarte procesional, por llamarlo así, que representa nuestro sello asociativo, en su triple significación eucarística, mariana y franciscana (representado en el típico "abrazo franciscano", coronado por una Custodia con el Santísimo Sacramento, con la "M" de María a los pies), que como todo nuestro escaso y humilde patrimonio es fruto de las manos de uno de nuestros hermanos, que sabe hacer de materiales sencillos (pasta de papel, pastas de modelar, pan de oro, etc, etc...) auténticas obras de arte, que no lo serían tanto, quizás, si no fueran porque -más allá de la estética que le pueda gustar a cada uno- fruto de su oración, pues como él siempre dice "yo oro con las manos, en cada pincelada suelen ir mis intenciones de oración").

 
Pero quiso Dios, como no puede ser de otra manera, que lloviese y no pudiéramos salir, haciendo nuestra propia estación de penitencia acompañando a la mencionada hermandad, pese a todo nuestros hermanos y socios no perdieron la ilusión de ser este su primer año de acompañamiento, y hermanamiento, con la mencionada hermandad, tan franciscana en sus comienzos y en su forma de hacer la cosas.

Como se suele decir, "otro año será", aunque como pobre consuelo de unas lagrimillas que asoman a los ojos por la frustración de que todo el trabajo de un año, en el caso de la cofradía, y de un par de meses, en nuestro caso, se pierda por una lluvia mal dada, aunque la que peor berriche se llevó fue nuestra pobre Presidenta, que no lloraba tanto por la desilusión de no poder salir, ni por empatía con la cofradía, sino que entre gemidos exclamaba "¡todo el Señor chorreando, qué penica, cómo le caía el agua al Señor!", y es que ella iba más preocupada por el patrimonio cultural y artístico de la imagen de NUESTRO PADRE JESÚS CAUTIVO, pues no debemos olvidar el valor, no sólo material, sino también sentimental de los titulares de cada hermandad.

 
Y de nuevo insistimos, en la Asociación también hay personas jóvenes, sólo que hemos preferido dejar a "los mayores" como se suele decir, por su sabiduría, la responsabilidad de guiar este pobre proyecto "por su sabiduría, atesorada por los años", lo que pasa es que no salimos en las fotos porque, en nuestro caso, estábamos de penitentes, esperando salir, en nuestro tramo correspondiente, y que conste que no podemos, en modo alguno, pensar que los mayores nos andan a la zaga, que por lo que se puede observar... ¡Están muy puestos en nuevas tecnologías y móviles varios...! Aunque sólo fuera para combatir los nervios consultando las previsiones del tiempo en las distintas aplicaciones para móvil.

 
Fue una bonita jornada, con todo, pues pudimos compartir con nuestros hermanos de la cofradía este día tan importante para ellos, y para nosotros, sintiéndonos más hermanados, más unidos, más humildes -como pobrecitos franciscanos- asumiendo la voluntad del Señor, hecha lluvia, aunque eso no impidió que luego, de regreso a casa, calados, mojados y un poco cabizbajos, hiciéramos un alto en el camino para tomarnos un cafelito y retomar, no fuerzas, pero sí un poco de "calorcito" en el cuerpo, por lo que pudimos compartir, ahora a un nivel más íntimo, más nuestro, todo lo vivido y experimentado, casi, casi, como si estuviéramos en casa "sentados en el brasero en la mesa de camilla"