sábado, 1 de julio de 2017

EL SANTO DEL PERRO
¡Y EL PERRO SANTO!


Tal día como hoy, 1 de Julio, de hace cinco años ya, entró en casa el perro, JULIO, nuestro pinscher miniatura de color rojo ciervo. Lo más difícil fue intentar ponerle un nombre... Así que después de mucho rato discutiendo, al final dije "¿Pues no vienen en el taco calendario todos los días los nombres de tropecientos santos? ¡Vamos a mirar a ver si hay algún nombre que nos guste!" y descubrimos, no sin dejar de reírnos, que el calendario decía, entre otros "Julio, mártir" ¡Y encima estrenábamos el mes de Julio! Así que quiso Dios que el pobre animalico pasara a llamarse JULIO a partir de entonces.

Y menos mal que entonces no conocíamos la historia que os voy a compartir, más que nada por la curiosidad, porque de haberla conocido, quizás ahora el perro se llamara GUINEFORT, y su santo sería, precisamente, San GUINEFORT, pues así es que hubo un perro ¡y santo para más señas! que respondía a este nombre.

Unos pocos años antes de morir en en el año 1261, el Inquisidor y fraile dominico ESTEBAN DE BORBÓN comenzó a escribir un largo tratado sobre la fe, como su obra para la posteridad, al fin y al cabo, como dominico e inquisidor había sido un fiel defensor de la fe. Pues bien, en dicha obra relata uno de los episodios más desconcertantes de los que, a su juicio, era la superstición humana y de lo que él mismo había sido testigo. Pues narraba, el buen dominico, que estando en una ocasión escuchando confesiones en la región de VILLARS-EN-DOMBE, cerca de LYON, muchos campesinos de forma espontánea, confesando, le referían "la cantidad de milagros que había hecho San GUINEFORT sanando a sus hijos, llevando a los enfermos a su tumba". Como buen dominico formado ESTEBAN nunca había oído hablar de tal santo, por lo que decidió investigar, no siendo menor su sorpresa cuando descubrió que San GUINEFORT era en realidad .... ¡Un galgo!

La historia,  como relata el propio ESTEBAN en su tratado sobre la fe, es la siguiente: 

En la diócesis de LYON, cerca de la población de VILLENEUVE, dependiente del señor feudal del Castillo de VILLARS-EN-DOMBE. En una ocasión en que tanto el señor como la señora tuvieron que ausentarse del castillo, dejaron a su bebé al cuidado de su mejor galgo, GUINEFORT. Al regresar, descubrieron horrorizados que había un gran desorden en la habitación del bebé, la cuna estaba volcada, todo en desorden y tirado por el suelo, lo peor de todo es que el bebé había desaparecido junto con el perro. Al llamar al perro, éste vino, como siempre, corriendo y saltando a la voz de su amo, pero con las mandíbulas manchadas de sangre.... Horrorizado el señor porque el perro hubiera matado y devorado al bebé, sacando su espada mató al perro inmediatamente de un tajo certero. Sólo entonces escuchan en la cama, entre las sábanas revueltas, al bebé que comienza a llorar y descubren que a su lado yace sin vida una culebra muerta. 

Avergonzado por lo que habían hecho, enterraron a GUINEFORT fuera de los muros del castillo, en un pozo abandonado cubierto de piedras, junto a una arboleda. Con el tiempo los señores feudales desaparecieron, y el castillo se fue cayendo poco a poco por el abandono, pero los campesinos locales, “en homenaje a la noble acción del perro y su muerte inocente, comenzaron a visitar el lugar y a honrarle como un mártir en busca de ayuda para sus enfermedades y otras necesidades.”

ESTEBAN, el Inquisidor, defensor de la fe y la ortodoxia, no estaba en condiciones de apreciar esto, y actuó con decisión para poner fin al culto de una vez por todas, por lo que mandó destruir todo lo referente  la tumba del perro, promulgando un edicto inquisitorial por el que prohibía a partir de entonces "cualquier devoción al perro, y la amenaza de expoliación y la imposición de multas a las personas que se reunieron allí para tal fin en el futuro.” Sin embargo, ya sabemos, cuán tercas son las costumbres locales, sobre todo en los ambientes rurales, de forma que, marchado el inquisidor, en la zona se siguió venerando al perro, hasta el punto de que aún en los años 60, cuando tras el Concilio VATICANO II se reformaba el santoral, eliminando de él a muchos santos de existencia dudosa o meramente folklóricos, el antropólogo francés JEAN CLAUDE SMICHTT, recogiendo tradiciones y leyendas populares para un libro, preguntando por los alrededores de LYON aún encontraba ancianos que le decían "por ahí encontrará usted la tumba de San GUINEFORT, mi abuela me dijo, que era un perro sanador"... Evidentemente existe el lugar, aunque sólo sea como uno de los atractivos turísticos de la pequeña localidad.

Sea como fuere la moraleja, al menos, de la malograda historia de San GUINEFORT es doble, por un lado, no debemos de ceder inconscientemente a los primeros impulsos, como le sucedió a su amo, so pena de equivocarnos y no poder arreglar luego las consecuencias de nuestros actos irreflexivos; por otra parte, todo un canto a algo que sabemos todos los que tenemos perro, su fidelidad a prueba de bombas.

No sabemos si nuestro JULIO llegará a ser santo algún día... porque los animales son buenos por naturaleza, la gloria que ellos tributan a Dios es precisamente comportarse y obrar conforme el designio de Dios creador ha mandado en ellos, y puede que no tenga alma, evidentemente, pero sabemos, por San PABLO, que de alguna manera todo lo creado, al final de los tiempos, habrá de ser regenerado y redimido en Cristo:


Pues la expectación ansiosa de la creación está aguardando la revelación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sometida a la vanidad, no de grado sino en atención al que la sometió, con esperanza de que también la creación misma será liberada de la servidumbre de la corrupción, pasando a la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Porque sabemos que la creación entera lanza un gemido universal g anda toda ella con dolores de parto hasta el momento presente. Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, gire poseemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, anhelando la adopción filial, el rescate de nuestro cuerpo.

(Romanos 8, 18-23)

Y sea como fuere, JULIO nos da compañía, nos alegra, es fiel, a veces le falta hablar, es un coñazo, hay que sacarle, llevarle al veterinario (aunque el historial de la perrita, LÍA, es más grande que el suyo, todo sea dicho de paso), hay que alimentarlo, cuidarlo... a veces le falta hablar (tanto a él, como a la perrita LÍA, como al hijo de entrambos, PÉREZ, que lo llamamos así por lo pequeño que se quedó de tamaño, como el ratoncito del mismo nombre...) pero lo suple con la expresividad de sus ojos y de las orejas... y en todo caso, son un constante recordatorio, como nos gusta decir, de que si nosotros nos ocupamos con tanta atención por estas criaturillas (aunque el Señor usó la imagen de gorriones) cuánto más no se va a preocupar el Señor por nosotros, por lo que, en el fondo, vienen a ser como un recordatorio de la providencia de Dios en nuestras vidas. 


(Todas las fotos que ilustran este artículo, son del susodicho homenajeado de hoy, que aunque hoy sea su santo, por el nombre, 1 de Julio, San JULIO, mártir no lo es por el santo perro, GUINEFORT, del que por cierto, me dice la WIKIPEDIA, que se celebra localmente el 22 de Agosto)