lunes, 10 de julio de 2017

LA IMPORTANCIA DE TOCAR, SENTIR, VER...


El ciclo litúrgico de lecturas me perite comenzar hoy la semana con la narración de mi milagro favorito "la sanación de la hemorroísa" y por mi evangelista favorito (Mateo 9,18-26). Ya compartí en otro lugar, seguramente comentando este mismo Evangelio, que las palabras que la Iglesia utiliza, en la liturgia de la celebración eucarística, para invitarnos a comulgar diciendo "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme" -que son las palabras del centurión preocupado por la salud de su siervo (Mateo 8,5-11)-, pero que puesto en camino para comulgar, ya en la fila, camino del altar, las palabras que denotan la fe de la hemorroísa cuando mentalmente se decía "con sólo tocarle el manto se curaría" son las que me repito yo mismo al recibir la Eucaristía.

Pero hoy me ha llamado la atención algo nuevo, pese a la brevedad y celeridad con la que MATEO narra estos dos milagros (concentrados en apenas nueve versículos) hay una idea que se repite: la necesidad de tocar, palpar, sentir esa cercanía consoladora del contacto físico, pues leemos "ponle la mano en la cabeza, y vivirá", "le tocó el borde del manto", "con sólo tocarle el manto se curaría" y "cogió a la niña de la mano". 

No olvidemos que en el Evangelio de MATEO, y en la misma ciudad de CAFARNAUM ya se había producido antes -al menos argumentalmente (Mateo 8,5-13)- el milagro de la sanación del siervo del Centurión, en el que no fue necesaria la presencia del Señor en casa del centurión para obrar el milagro. No hay menoscabo en la fe de JAIRO, al que ponemos nombre por su identificación en el resto de los evangelios, por pedir al Señor que "pusiera la mano sobre su hija", pues imponer las manos es algo que en la mentalidad judía se hacía en ocasiones muy contadas: las bendiciones, las sanaciones y determinadas oraciones. En cierto modo el padre de la niña está diciendo "creo que puedes bendecir a mi hija, orar por mi hija, sanar a mi hija..." Nosotros mismos, si enfermamos, nos sentiremos más consolados y arropados en la enfermedad si algún compañero del trabajo viene a casa, y nos cuenta como van las cosas de la oficina en nuestra ausencia, mientras quizá nos coge la mano, que si nos manda un frío WASSAP... En este caso el Señor, que bien puede sanar presencialmente, o no, como hemos visto, se quiere hacer cercano al dolor de este padre por la presencia, por el gesto "tomar la mano de la niña y decirle: levántate".

Lo mismo sucede con la mujer hemorroísa, a ella le basta con "tocar el manto del Señor", puede que fuera consciente que como mujer, como enferma de una pérdida de sangre, tenía absolutísimamente prohibido mezclarse en una multitud, pues todo lo que ella tocara, aún sin querer, quedaría impuro, y además de mujer, enferma e impura, su estatus médico, jurídico y social descartaban por completo acercarse al Señor de forma manifiesta ¡Seguramente la multitud la habría sacado de la calle de forma violenta! Ponerse en camino ya es tener fe, atreverse al rechazo social ya es tener fe, atreverse a tocarle es confirmar la poca esperanza que le queda en hacer lo poco que queda ya de su parte "con sólo tocarle el manto se curaría".


La actitud de la hemorroísa además nos enseña a ser humildes, a respetar la piedad popular. Por supuesto que, como yo soy un cristiano serio y maduro, entiendo y sé que puedo rezar y pedir la intercesión de nuestro beato capuchino Fray LEOPOLDO, desde mi oración personal, en la Iglesia, en casa, donde sea menester... ¡No soy como esa gente que hace colas de horas y horas por entrar a la cripta y pasar por su tumba, pasando pañuelos, estampas, rosarios o flores que llevar a otros! En este caso mi orgullo me impide ver que, en determinados casos, es casi una necesidad ponerse en camino, ir, tocar, mirar, sentir... 

Esto nos enseña el Evangelio de hoy, somos limitados, necesitamos de los demás, no podemos -como la ley le habría prescrito a la hemorroísa- estar en casa encerrados, sin contacto con nadie, o ir por la vida haciendo que los demás mendiguen este acercamiento físico por nuestra parte... Dicen que hay un refrán popular que indica que "necesitamos cuatro abrazos al día para sobrevivir, ocho para mantenernos y doce para crecer”. ¿Nos hemos preguntado alguna vez cuantos abrazos damos o recibimos al día? ¿Y dar la mano...? ¿Y dar un beso...? 


El otro día a @cuartapobreza, que está fatal de los huesos, le dió un crujido en la espalda que lo único que pudo hacer fue sentarse en el sillón del salón y comenzar a llorar; mientras tanto yo, que estaba en la cocina preparando el café, a voces le decía "¡no llores, acepta tus limitaciones, no llores por eso!", pero los perros estaban en el otro sofá dormidos -al menos así me los dejé yo al ir a poner la cafetera- y cuando llegué al salón con el café ya estaban los tres en el regazo de @cuartapobreza peleándose entre ellos por ver quien le lamía las lágrimas...

Una pregunta muy sencilla, aunque a mí me deje fatal... ¿Quién creéis que se hizo cercano, amigo, consuelo, apoyo y sostén de su dolor en ese momento? En efecto, yo no... Aprendamos algo tan básico como tocar, acariciar, abrazar, besar... muchas veces es más eficaz, consolador y cercano que muchas palabras.