martes, 4 de julio de 2017

NO DUERME, NI REPOSA...


Cuando estuvimos de peregrinación en TIERRA SANTA, el fraile franciscano que era nuestro guía tenía la costumbre de adelantarnos cada noche, antes de acostarnos el programa de visitas del día siguiente, la noche que vino y nos dijo: "Esta noche acostáos temprano que mañana a las seis de la mañana saldremos al lago Gennesaret (que es un lago, grande, pero lago, llamado por ello, mar de Galilea), que la barca nos espera a las siete de la mañana, ¿alguna duda?" y yo, levantando la mano, le pregunté "¿Y a qué hora es la tormenta?" a lo que todos los presentes se rieron, y el fraile me respondió "¡Cómo se nota que eres de Granada, qué malafollá tienes!", evidentemente todos teníamos en mente el Evangelio de hoy (Mateo 8,23-27):

Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía. Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: "¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!". El les respondió: "¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?". Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma. Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?".


Ciertamente, llegar al lago al tiempo de amanecer fue una grata recompensa al madrugón, y cierta emoción al subir a la barca, y saber que íbamos a navegar -hasta la orilla del otro lado- aquel mismo lago por el que el Señor tantas veces había navegado con sus discípulos, donde se verificó el milagro de hoy, o el de el Señor caminando por las aguas y alentando a un asustadizo Pedro. 


Hay que decir, que el capitán del barco tenía la costumbre de informarse de la nacionalidad de los peregrinos, y nada más partir, izaba la bandera del país correspondiente a los sones del himno, en un radiocassete tan cascado que sonaba un poco a cascarria, pero fue otra sorpresa para todos nosotros. A mí, personalmente, montarme en un barco, izando la bandera de ESPAÑA y al son del himno me recordaba al momento en el que, por ejemplo, en mis veranos en la playa, la Virgen del CARMEN se sube a la barca para navegar con los marineros en su día.

Y volviendo al Evangelio de hoy, aunque el lago estaba, como se suele decir "más calmo que una balsa de aceite" la cosa es que el fraile franciscano nos contó que, en efecto, aparte de mi broma de la noche anterior, cuando (ahora no me acuerdo del dato) "los vientos no se qué, confluyen con el aire caliente que viene de no sé donde, y confluyen sobre el lago, éste se puede encrespar en un periquete"... por lo que una tormenta repentina no ha de descartarse, y enseguida los discípulos se abalanzan sobre el Señor, que dormía, diciéndole, casi exigiéndole "¡Sálvanos, Señor, que nos hundimos!".

Dice San JUAN CRISÓSTOMO comentando este Evangelio que si el Señor no tiene reparo en hacer sus milagros "cara al público", pero que cuando se trata de tentaciones y temores, es mejor la soledad y la intimidad, porque esa lucha es personal de cada uno con Dios, su fuerza y nuestras debilidades (por eso el Señor es tentado sólo en el desierto, por eso el Señor ora sólo en el huerto, por eso Pedro está sólo en el patio de las negaciones, por eso, en este caso, los discípulos están solos con su miedo en la barca). Advierte, San AGUSTÍN, de la misma manera un paralelismo entre el profeta JONÁS, que duerme también ajeno a la tormenta -porque cree que nada tiene que ver con él-, como el Señor que duerme, igualmente, ajeno a la tormenta, porque sabe "que lo creado no puede contra él, como tampoco lo podrá en su momento, la muerte".


En lo que se refiere a mí, hoy, releyendo el Evangelio, y pensando en que el "Señor dormía" me he acordado de aquellas otras palabras del Señor que decían "mi padre trabaja siempre y yo siempre trabajo" (Juan 5,17), lo que es una invitación a confiar y esperaren la providencia, por eso el Señor replica a los discípulos "¿por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?" San HILARIO lo refiere de la misma manera "duerme, porque con nuestro sueño se adormece en nosotros. Sucede eso especialmente para que, en el miedo del peligro esperemos de Dios el auxilio. ¡Y ojalá que nuestra esperanza, aunque tardía, confíe en que podrá evadir el peligro, porque vigila dentro de nosotros el poder de Dios"

Y ya que, hace un par de días, el Evangelio del Domingo pasado nos volvía referir las palabras del Señor  "El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame", os dejo con este comentario de San RÁBANO MAURO en donde equipara esta escena de la tormenta y la barca con la muerte de Cristo en la Cruz:

El mar es la vorágine del mundo; la nave en que sube Jesús es el árbol de la cruz, con cuyo auxilio los fieles, hendidas las olas del mundo, vienen a la patria celestial como a una playa segura, en la que salta Jesús con todos los suyos. Por ello dice después: "El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame". Habiendo Jesús subido a la Cruz, se verificó un gran movimiento, porque se agitaron las imaginaciones de sus discípulos, acerca de su pasión y la nave se cubría con las olas, porque toda la fuerza de la persecución se verificó en derredor de la Cruz, cuando sucumbió por la muerte. Por esto se ha dicho: "Mas El dormía". Su dormir es la muerte. Los discípulos despiertan al Salvador, cuando turbados con la muerte, buscan la resurrección a grandes voces, diciendo: "Sálvanos, resucitando, porque perecemos con la turbación de tu muerte". Pero El, resucitando, les reprende la dureza de su corazón, como se lee más adelante. Mandó el Señor a los vientos, porque humilló la soberbia del diablo. Mandó al mar, porque inutilizó la rabia de los judíos, y se verificó una gran calma, porque se tranquilizaron las mentes de los discípulos cuando presenciaron la resurrección.