miércoles, 9 de agosto de 2017

CON ANDAR APRESURADO Y PASO LIGERO (y II)...


Ayer comenzamos este triduo de acercamiento a la figura de Santa CLARA, siguiendo, aunque no necesariamente, las orientaciones dadas por el Ministro General de los Franciscanos, Fr. ANTHONY PERRY, Ofm, en su Carta Circular sobre Santa CLARA para la fiesta de este año: "Escuchar, discernir y actuar".

Y es que, para discernir ¡extraña palabra! (que significa, según el DRAE "distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas. Comúnmente se refiere a operaciones del ánimo") que podríamos decir que es como "saber entender qué es y qué no es voluntad de Dios" cuando se trata de saber responder a su plan en nuestras vidas, y en las de los demás, podríamos partir de un maestro en discernimiento, que es nuestro San IGNACIO DE LOYOLA, que en esta difícil tarea de saber la voluntad de Dios en nuestras vidas nos propone algunas actitudes que hemos de tener para ello (que expondré muy brevemente):

Apertura: Tenemos que tener tanto la mente como el corazón abiertos para saber discernir la voluntad de Dios, ello quiere decir que no podemos tener prejuicios previos, San IGNACIO los llama “apegos”, que sería por ejemplo como decir "Señor, muéstrame tu voluntad, pero que no sea ser misionero, que me dan miedo los viajes", ni cerrar el campo de actuación a lo que Dios quiera pedirnos "Señor, iré a la universidad que quieras, pero sin salir de mi comunidad autónoma" ¡Mal empezamos entonces!

Generosidad: Es evidente que hemos de tener un corazón grande y generoso, no ponemos condiciones a lo que Dios nos llame. Esto es como dar a Dios un cheque en blanco permitiendo a Dios llenar la cantidad y contenido en el cheque. Solo una persona generosa haría esto.

Coraje: Se suele decir que "Dios nunca nos prueba por encima de nuestras posibilidades", por eso, llegado el momento de decidir, con apertura y generosidad, no podemos asustarnos ante lo que se trate... ¡Ya le dijimos al Señor que sí! 

El hábito de saber escuchar a Dios en la oración y regresar, reflexionar sobre ello: ¿Cómo podemos oír la llamada de Dios si no lo escuchamos? ¿Cómo podemos escuchar si no oramos? Para hacer una decisión orando, tenemos que orar primero, apartando un tiempo significante (veinte minutos o más) diariamente para tranquilizarnos, ponernos en la presencia de Dios, y escuchar lo que Dios nos dice en el interior de nuestros corazones.

Tener las nuestras prioridades en orden: San IGNACIO dice algo que nos puede parecer evidente, pero una vez que hayamos discernido la voluntad de Dios en nuestra vida se supne que ha de ser el fin al que pongamos todos los medios: Evidentemente, si ya he creído entender que Dios me quiere misionero lo suyo es que me ponga a ello ¡lo raro sería posponerlo porque primero quiero medrar profesionalmente en aquello para lo que estudié!

San FRANCISCO de ASÍS en sus "Admoniciones" (concretamente las nº XII y XIII) nos deja los dos criterios franciscanos por excelencia para saber "si algo es de Dios", a saber, humillación y paciencia:


Así se puede conocer si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: Si, cuando el Señor obra por medio de él algún bien, no por eso su carne se exalta, porque siempre es contraria a todo lo bueno, sino que, más bien, se tiene por más vil ante sus propios ojos y se estima menor que todos los otros hombres.


Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mateo 5,9). El siervo de Dios no puede conocer cuánta paciencia y humildad tiene en sí, mientras todo le suceda a su satisfacción. Pero cuando venga el tiempo en que aquellos que deberían causarle satisfacción, le hagan lo contrario, cuanta paciencia y humildad tenga entonces, tanta tiene y no más.

Debemos tener esta actitud de oración y escucha, debemos saber discernir, y aún en caso de duda, consultar a los hermanos, en lo que todos decidan en oración, sobre nosotros, si es de Dios, poco error puede esconderse, San FRANCISCO de ASÍS así lo hacía, consultaba todo aquello que le inquietaba con los más cercanos, ejemplo de ello lo tenemos, precisamente en las "florecillas de Santa Clara":

Francisco iba y volvía a Santa María de los Ángeles, en tanto que Clara se hallaba siempre encerrada en San Damián. Ella sabía que no andaba mal viviendo de día en día más pobre; pero deseaba consultar con Francisco, a quien llamaba su padre y sostén. Cuando se enteraba que Francisco se encontraba en Santa María de los Ángeles, le rogaba que visitase San Damián. Francisco, empero, pasaba de largo; quería evitar que la gente se escandalizase de sus entrevistas con aquellas mujeres. Sin embargo, Clara sentía particulares deseos de comer una vez con Francisco. No hay amigo o pariente que deje de sentir este deseo de comer con el pariente o amigo. (...) Clara deseaba comer una vez con Francisco, mas éste aplazaba indefinidamente la fecha hasta tal punto que los compañeros de Francisco sintieron compasión por Clara y hablaron a aquél en tono de reprensión: «Padre —le dijeron—, no nos parece conforme a la caridad este tu proceder. Clara abandonó todos los bienes del mundo y es una planta de tu jardín espiritual. ¿Por qué no quieres acceder en una cosa insignificante como es tener una refección contigo?» Francisco reconocía su rigor excesivo, pero quería el consejo de los amigos. Temía que su simpatía por Clara nublara la razón. Por eso les preguntó: «¿Os parece a vosotros que deba yo acceder?» «Sí, Padre. Clara merece éste y otros muchos más consuelos.» «Pues si os parece así a vosotros, a mí también.» 


Pero no fue San Damián el lugar escogido, sino Santa María de los Ángeles «Ella —dijo Francisco con ternura de padre— se halla en San Damián desde mucho tiempo. Creo que le gustará salir fuera un poco y volver a ver de día el lugar donde se le cortó de noche el pelo. Comeremos en el bosque en el nombre de Jesucristo.» Y Clara pudo al fin bajar a la Porciúncula. Se arrodilló delante de la Virgen y recorrió luego el sitio sembrado de cabañas a la sombra del bosque. Clara caminaba con los pies desnudos por aquellos senderos pedregosos. Se llegó hasta el vallado que marcaba los lindes y se paró junto al pequeño torrente.

(Florecillas de Santa Clara, la comida en el bosque, Cap. VIII)

Santa CLARA sabía, de la misma manera, de la importancia de la oración y de los hermanos para mejor saber discernir, tanto la voluntad de Dios, como sobre otros asuntos espinosos y difíciles, por eso en su Regla dejó escrita la importancia del capítulo semanal, reunión de las hermanas con la abadesa para discernir el devenir de la comunidad:

La abadesa esté obligada a convocar a sus hermanas a capítulo por lo menos una vez a la semana, en el que tanto ella como las hermanas deberán confesar humildemente las ofensas y negligencias comunes y públicas. Y las cosas que se han de tratar para utilidad y decoro del monasterio, háblelas allí mismo con todas sus hermanas; pues muchas veces el Señor revela a la menor qué es lo mejor. No se contraiga ninguna deuda grave, sino con el consentimiento común de las hermanas y por una necesidad manifiesta, y esto mediante procurador. Y guárdese la abadesa y sus hermanas de recibir depósito alguno en el monasterio, pues de ahí surgen muchas veces turbaciones y escándalos.

Para conservar la unidad del amor mutuo y de la paz, todas las oficialas del monasterio sean elegidas con el consentimiento común de todas las hermanas. Y del mismo modo sean elegidas por lo menos ocho hermanas de entre las más discretas, de cuyo consejo deberá siempre servirse la abadesa en las cosas que requiere la forma de nuestra vida. También podrán las hermanas y deberán, si les pareciera útil y conveniente, remover alguna vez a las oficialas y a las discretas y elegir a otras en su lugar.

(Regla de Clara, Cap. IV)

Y como siempre, para tener una motivación, en el día de hoy, rumiad y haced vuestras estas palabras del "otro" FRANCISCO, del Papa, del que ha querido la providencia sea el FRANCISCO que nos conduce a la frescura y libertad del Evangelio: 

Oración y discernimiento para el tiempo concreto, esperanza para el tiempo venidero