ESCUELA DE INTERCESIÓN


Ésta no es una catequesis para enseñarte que es la intercesión.

¿Entonces? Te preguntarás... Ten un poco de paciencia y permite que, antes, compartamos esta palabra (Esdras 3, 11-13) contigo:

Ellos cantaban al Señor, alabándolo y dándole gracias: «Porque él es bueno, porque es eterno su amor hacia Israel». Y todo el pueblo prorrumpía en grandes aclamaciones, alabando al Señor, porque se ponían los cimientos de la Casa del Señor. Muchos sacerdotes, levitas y jefes de familia, ya ancianos, que habían visto el primer Templo, prorrumpieron en llanto, mientras veían poner los cimientos del nuevo; pero muchos otros proferían aclamaciones de júbilo. No se podía distinguir entre las aclamaciones de júbilo y el llanto de la gente, porque las aclamaciones del pueblo eran tan grandes que se oían desde lejos.

Esta palabra le fue regalada a dos de nuestros hermanos hace mucho tiempo, desde siempre hemos interpretado y sentido, en lo más profundo de nuestro corazón, que el Señor nos hacía una promesa de concedernos una casa. Sí, en efecto, el regalo de una casa, en la que la capilla sería su centro, en la que los hermanos podrían vivir en comunidad, en la que hubiera una buena biblioteca, en la que se dieran cursos, charlas, retiros... todo ello para la Gloria del Señor.


Hasta la fecha no se ha cumplido dicha profecía, pero como dice el Salmo “mi alma espera en el Señor, mi alma espera en su Palabra” (Salmo 129), pero mientras atesoramos la fe necesaria para que el Señor nos conceda este don, y vamos caminando con la ayuda de la esperanza, te invitamos a que recorras el plano imaginario de esta casa, y recorras sus estancias, descubrirás pequeñas pinceladas para hacer de ti un intercesor, como dijo el Señor: "Cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allá, en lo secreto" (Mateo 6, 6).

LA PUERTA DE ENTRADA.


Yo estoy junto a la puerta y llamo: Si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos. (Apocalipsis 3, 20)

Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. (Mateo 7, 7-8)

Si vas a hacer oración de intercesión, si te vas a poner en la presencia del Padre bueno del cielo, para orar por las necesidades de la Iglesia, de tu grupo o de tus hermanos, ante todo has de tener fe. Ten fe, como el propio Señor nos lo asegura en la palabra que acabas de leer, en que si llamas a la puerta se te abrirá.

Abre tú, de la misma manera, las puertas de tu corazón, para que brote tu necesidad desde lo más profundo, y al mismo tiempo, para que el Señor te haga dócil a su palabra. Más importante que el hecho de orar e interceder por los demás, más precioso que el don de alcanzar aquello por lo que se ora, es a los ojos del Señor el que seamos capaces de amoldar nuestros corazones a su voluntad. “Siervos inútiles somos” hemos hecho nuestra tarea, pero sólamente el Señor tiene el poder de escuchar nuestra oración y, si es conforme a su voluntad y para mayor Gloria de Dios -como dicen casi todas las oraciones antiguas de intercesión- hacer que nuestra oración sea escuchada.

Mientras tanto, sigue llamando a la puerta, porque tienes la promesa de que se te abrirá.

LA COCINA.


En aquel tiempo, entró Jesús en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada». (Lucas 10, 38-42)

Si vas a hacer oración de intercesión, y de repente, te ves incapaz de concentrarte en las necesidades de la Iglesia, de tu grupo o de tus hermanos, porque tu mente anda dispersa y empiezas a pensar, sin querer, en las cosas que tienes que hacer o en otro tipo de preocupaciones, entonces sucede que, lejos de “encerrarte a solas en tu habitación para orar” como dice el Señor.... ¡Te has equivocado y te has metido en la cocina!

No pasa nada, ya dijo Santa TERESA DE JESÚS que entre los pucheros y las ollas también se encuentra el Señor... No te asustes por ello, aunque tengas la buena intención de orar por tus hermanos y hacer intercesión, no menos cierto es que tus preocupaciones, tus quehaceres, tus agobios, son igualmente legítimos ante el Señor, no en vano forman parte de tu vida, de tu preciosa vida ante los ojos de Dios... no puedes desasirte de algo que es tan tuyo.

Haz como te dice el Señor: “No te agites por muchas cosas...” Coge un papel, si de verdad te das cuenta de que todo ello te distrae en la oración, y escribe una lista de esas cosas que te agobian, de tus quehaceres, de tus propias preocupaciones, como si de una lista de la compra se tratase, y después, entrégasela al Señor. Una vez que lo hayas puesto en las manos del Señor, sentirás que él toma esa pequeña carga, para ayudarte con la tarea mayor: Interceder por tus hermanos.

EL TRASTERO.


Entró en Jericó y empezó a atravesar la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de recaudadores y además rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Entonces se adelantó corriendo y, para verlo, se subió a una higuera, porque iba a pasar por allí. Al llegar a aquel sitio, levantó Jesús la vista y le dijo: “Zaqueo, baja en seguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa”. Él bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver aquello, se pusieron todos a criticarlo diciendo: “¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!” Zaqueo se puso en pie y dirigiéndose al Señor le dijo: “La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces”. Jesús le contestó: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán. Porque el Hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo”. (Lucas 19, 1-10)


Si vas a hacer oración de intercesión, y de repente, te sientes indigno de ponerte a interceder y orar por tus hermanos y sus necesidades, porque caes en la cuenta de tu debilidad, tu pecado, tus faltas, y todas las cosas malas, que con razón o sin ella (la mayoría de las veces) te impiden orar con libertad, y creerte el amor que el Señor te tiene, entonces sucede que, lejos de “encerrarte a solas en tu habitación” para orar, como dice el Señor.... ¡Te has equivocado y te has metido en el trastero!

En efecto, te has metido en el trastero, porque ese suele ser el lugar donde, ordinariamente, tenemos el cesto de la ropa sucia, y todo eso en lo que piensas (pecado, faltas, miserias, debilidades) son tus trapos sucios, las cargas que te lastran para sentirte libre, o digno de ponerte en la presencia del Señor.

No tienes que ceder a esta tentación tan simplista del enemigo... Si de verdad te has propuesto ser intercesor. Tienes que tener en cuenta que el Señor es el único Santo de los santos, el único bueno, no necesita de nuestras mediaciones para obrar sus maravillas, aunque nos pida el gesto valiente de confiar y esperar en su palabra, por medio de nuestra intercesión. Dice el salmista “en vano se cansa el albañil si el Señor no levanta la casa”, y aún apostilla más la escritura cuando dice “no depende el triunfo del Señor por el número de los ejércitos”.

Si el Señor te llama a interceder por tus hermanos y sus necesidades, él  ya ha conocido primeramente todo tu corazón, no puedes esconderle nada, y con todo, quiere que seas intercesor, por tanto, no te distraigas con el recuerdo de tus trapos sucios, que el Señor ya los lavó con su sangre. Obra con la misma libertad de corazón, y con la misma entrega que ZAQUEO , que acogió al Señor en su casa, y nada le ocultó, ni siquiera sus trapos sucios, y si aún te vieras tentado de volver a ellos...

¡Haz la colada..., es decir, confiesa, acude al sacramento de la reconciliación, y olvídate de ellos para siempre!

EL BAÑO.


Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: “Escuchadme todos y entededlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. ¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!” Cuando se apartó de la multitud y entró en la casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de esa parábola. El les dijo: «¿Ni siquiera vosotros sois capaces de comprender? ¿No sabeis que nada de lo que entra de afuera en el hombre puede mancharlo, porque eso no va al corazón sino al vientre, y después se elimina en lugares retirados?». Así Jesús declaraba que eran puros todos los alimentos. Luego agregó: «Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre» (Marcos 7, 14-23)

Si el Señor te llama a hacer intercesión por tus hermanos, has de tener en cuenta la gran tentación del intercesor: Creerse mejor que aquellas personas por las que intercede. En efecto, el Señor te ha dado un don, el de la intercesión, pero sólo para que hagas uso de él en beneficio de tus hermanos por medio de la oración. Pero al mismo tiempo has de tener los ojos de misericordia, la empatía y la comprensión del Señor. El Señor no juzgó a la mujer pecadora, ni acusó a la samaritana del pozo, ni le recriminó al centurión su ser pagano. El Señor sólo miró a los ojos de esas personas en los que se mostraba un abismo de necesidad, de falta de consuelo, de desesperación humana, de necesidad de sanación... pero nunca entró a juzgar las circunstancias personales de aquellos que a Él acudían.

La intercesión es un ejercicio duro por parte del intercesor. Es preciso por ello que tenga una gran capacidad de acogida. Las situaciones que se te pueden presentar, desde un punto de vista humano, pueden ser terriblemente dolorosas y duras, y puede incluso, que repugnen a tu propia conciencia moral, pero bajo ningún concepto puedes situarte ante esas situaciones ni como un juez severo, ni con un falso paternalismo.

Ten en cuenta que, quien viene a la intercesión, es ya un hermano que tiene su vida rota, sus heridas abiertas, su corazón angustiado... Sólo quiere el consuelo de saber que los hermanos oran por él, que el Señor acoge sus necesidades, y le abraza y le quiere.

Si en cualquier momento, durante la intercesión, tienes la más mínima tentación de creerte superior a por quien intercedes, o sientes rechazo hacia su situación personal, o produce en ti cualquier tipo de escrúpulo de conciencia, entonces abandona la intercesión, encomiéndala a otro hermano y desaparece de la escena. Si oraras con estos sentimientos, y aún te atrevieras a aconsejar al hermano que estos sentimientos te produce, estarías haciéndole más daño que bien, lo estarías arrastrando definitivamente a la letrina de su vida, a lo más bajo de su caida, pues en vez de hallar consuelo, encontrará más prejuicios y heridas.

Eres el rostro, la palabra, la mirada, las manos y el abrazo del Padre Bueno del Cielo. No lo olvides nunca si el Señor te llama a interceder.

EL SALÓN.


Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda. Y como faltó el vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino” Jesús le dijo: “¿Qué tiene que ver eso conmigo y contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Su madre dijo a los que servían: “Haced todo lo que él os diga” Había allí seis tinajas de piedra para agua, de acuerdo con los ritos de los judíos para la purificación. En cada una de ellas cabían dos o tres medidas. Jesús les dijo: “Llenad de agua las tinajas”. Y las llenaron hasta el borde.Luego les dijo: “Sacad ahora y llevadlo al encargado del banquete” Se lo llevaron; y cuando el encargado del banquete probó el agua ya hecha vino, y no sabía de dónde venía (aunque los sirvientes que habían sacado el agua sí lo sabían), llamó al novio y le dijo: “Todo hombre sirve primero el buen vino; y cuando ya han tomado bastante, entonces saca el inferior. Pero tú has guardado el buen vino hasta ahora” (Juan 2, 1-10)

Los conventos de clausura, en los que sabemos que viven hombres y mujeres consagrados por entero a la oración y a la intercesión por las necesidades del mundo, de la Iglesia y las particulares que les son encomendadas, tienen una costumbre muy bella, especialmente en los conventos de clausura femeninos, consistentes en colocar una imagen de la Virgen MARÍA en la estancia más noble del convento (aparte de en la Capilla, lo que se da por supuesto), normalmente preside la Sala de Comunidad, o la Sala de la Madre Superiora, donde en algunos casos se entroniza como verdadera Abadesa y superiora del Convento, con ello se quiere significar la importancia que tiene MARÍA en la vida de las comunidades y en la Iglesia.

Por eso, te traemos a la memoria el episodio de las bodas de Caná, asociado al salón de la casa, a su lugar más noble. Si has sido llamado a interceder por tus hermanos, sus necesidades o por tu grupo, o comunidad, has de saber que siempre, en todo momento y circunstancia has de recurrir al amparo de MARÍA Santísima. Déjate guiar por MARÍA , que sin duda alguna, desde su corazón de madre, sabrá suscitar en ti los sentimientos de amor, compasión, delicadeza y empatía que precisas, no sólo para orar por las necesidades de tus hermanos, sino aún para darte cuenta de esas mismas necesidades: “No tienen vino” -dijo ella preocupada, y es que sólo una mujer atenta y delicada se daría cuenta de ese detalle y sufre poniéndose en el lugar del otro, en este caso el novio que iba a quedar mal.

Y MARÍA sabrá, igualmente, amoldar tu voluntad y tu deseo, así como el fruto de tu oración, a la de su hijo: “Haced lo que él os diga”. Por eso, si has de interceder, hazlo siempre en la presencia de la Virgen MARÍA, como dice la oración tan antigua, según se cree de San BERNARDO:

Acordaos,
¡Oh piadosísima Virgen María!,
que jamás se ha oído decir que ninguno
de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestra asistencia y reclamando
vuestro socorro, haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a Vos también acudo,
¡Oh Madre, Virgen de las vírgenes!,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.
¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas,
antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente.

Amén.

TU HABITACIÓN.


Cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allá, en lo secreto. (Mateo 6, 6)

Si has recorrido esta casa bendita, aunque sea virtualmente, ya sabrás todo lo que te pide el Señor para que seas un buen intercesor, como nos dijo el Señor a nuestros hermanos intercesores en otra palabra que conservamos con mucho cariño en nuestra memoria:

“Éste es el que ama mucho a sus hermanos, el que ora por su Pueblo y por la ciudad santa de Jerusalén” (2 Macabeos 15, 14)

Ciertamente, no hay otra receta para ser intercesor: Amar a los hermanos, sentir como propias sus necesidades, dolernos por ellas y orar, en la presencia del Señor, con la esperanza de que nuestra oración va a ser escuchada. Y no olvides la alabanza, la intercesión es mucho más eficaz si, con esperanza, nos comportamos como si ya hubiésemos sido escuchados, dando gracias a Dios por ello, aún de antemano, como esta palabra que nos suscitó el Señor.

¿Dónde está el ulular de tus mujeres, 
cantando y tocando las panderetas?
¿Dónde el fragor de tus hombres, 
entrechocando sus escudos? 
Por el sólo clamor liberé a Israel 
de enemigos mucho más poderosos 
¿Y cómo he de liberarte a ti, 
si no celebras de antemano tu victoria?