¿QUIENES SOMOS?


31 de Mayo de 2.015

A la mayor Gloria de la
eterna Trinidad,

Siendo tú, luz, en noche oscura de tiniebla,
Nosotros dormitando, sin valor, 
pero siguiendo nuestra inspiración,
la única regla de tus pobres hijos, Jesús Eucaristía,
Franciscanos Eucarísticos Pobres de Nazaret,
nuestra única regla allá donde cualquiera
de nosotros se encuentre será:


¡Abba!
¡Amén!
¡Aleluya!


¡AMÉN! es “Fiat”
¡ALELUYA! es “Agradecer”
¡AMÉN! es el grito del alma 
que es feliz con todo lo que Dios quiere.
¡ALELUYA! es el grito del alma 
que es feliz con todo lo que Dios permite.
¡AMÉN! es el grito del amor que se somete.
¡ALELUYA! es el grito del amor que se adelanta 
a la voluntad de Dios a quien ama.
¡AMÉN! es el grito de los santos en la tierra.
¡ALELUYA! es el grito de los santos en el cielo.
Cuando un alma en la tierra sabe decir “Amén”, 
sabe también decir “Aleluya”; 
entonces existe entre Dios y esa alma 
una unión interior inefable, 
y la deja en la paz más profunda que, 
permite a Dios decir a sus ángeles: 
“Ved cómo me ama”.

(Mª EMILIA RIQUELME y ZAYAS)

1.- “¡Abba”!
(Cfr. Audiencia General, Papa FRANCISCO, 4 de Junio de 2.014)

Queremos que nuestra pertenencia sea sólo a Dios y nuestro vínculo profundo sea con Él, un vínculo que dé sentido a toda nuestra vida y que nos mentenga firmes, en comunión con Él, incluso en los momentos más difíciles y tormentosos.

Este vínculo con el Señor no se debe entender como un deber o una imposición. Es un vínculo que viene desde dentro. Se trata de una relación vivida con el corazón: Es nuestra amistad con Dios, que nos entrega a Jesús, una amistad que cambia nuestra vida y nos llena de entusiasmo, de alegría, y por ello, suscita en nosotros la gratitud y la alabanza, dando un sentido más auténtico a nuestro culto y a nuestra adoración. La presencia del Señor y todo su amor hacia nosotros, nos caldea el corazón y nos mueve necesariamente a la oración y a la celebración, con auténtico espíritu religioso, de confianza filial,  manteniendo intacta nuestra capacidad de dirigirnos a Él con amor y sencillez, como hacen los humildes de corazón.

La adoración nos hará ser verdaderamente capaces de gozar con quien experimenta alegría, llorar con quien llora, estar cerca de quien está solo o angustiado, corregir a quien está en el error, consolar a quien está afligido, acoger y socorrer a quien pasa necesidad, porque todo ello nos conduce a la mansedumbre, la serenidad, la paciencia, la paz con Dios, todo lo que es preciso para un auténtico serviciom a nuestros hermanos.

De esta forma, dejándonos llevar por el Espíritu de Dios, nos convertimos en hijos de Dios, que no se sienten esclavos,  que no viven en el temor,  para no volver a recaer en el temor y los errores del pasado, sino que hemos  recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abba, Padre!” (Romanos 8, 14-15). Pedimos al Señor, desde esta exclamación fialia, que sepamos vencer nuestro temor, nuestras inseguridades, también nuestro espíritu inquieto, impaciente, y que nos convierta en testigos gozosos de Dios y de su amor, adorando al Señor en verdad y también en el servicio al prójimo con mansedumbre y con la sonrisa que siempre nos da el Espíritu Santo en la alegría.

2.- “¡Amén!”
(Cfr. Homilía diaria, Papa Francisco, 3 de Octubre de 2.013)

Al comienzo de este recorrido el Señor nos concedió una palabra, sólo una, la que cada uno de nosotros guarda en su corazón, cuya memoria es la que sustenta y mueve, pese a su carácter profético, toda nuestra esperanza y horizonte:

Todo el pueblo alabó con grandes aclamaciones al Señor, por haberse puesto los cimientos del Templo. Muchos sacerdotes, levitas y jefes de familia –los ancianos que habñían visto con sus propios ojos el primer templo- se lamentaban a voces, mientras otros muchos lanzaban voces de alegría. Y era imposible distinguir entre el grito de alegría y los sollozos, porque el clamor de la gente era tan grande que se oía desde lejos.

(Esdrás 3,11-13)

Nos negamos a convertir la memoria de la historia de la salvación obrada por el Señor en nuestra pobre historia en un simple recuerdo, perderíamos de vista el valor de uno de los principios fundamentales de la fe cristiana: La memoria que se convierte en alegría esperanzada. 

Notemos que esta pobre familia vive desde el principio, a la luz de esta palabra, "conmovidos y lloramos. Lloramos de alegría, lloramos  de amor" (Cfr. Nehemías 8,9), porque aquella promesa se había perdido y a día de hoy ha sido reencontrada. Hoy hemos redescubierto esta promesa del Señor, de la que sólo queda memoria en los ancianos, y sólo nos cabe decir, a una sola voz "Amén, amén" (Nehemías 8,6). 

Sentir cercana la memoria de nuestros orígenes enciende en nosotros la alegría, la alegría del pueblo, el principio de la vida cristiana, no nos está permitido entristecernos, porque la alegría, lo que nosotros sentimos ahora, es la alegría del Señor y es nuestra fuerza (Cfr. Nehemías 8,9-10).

Manteniendo de esta forma viva “la memoria de nuestros orígenes”, participamos de la misma manera en la memoria de la propia Iglesia, que no es otra que la presencia del Señor entre nosotros, esta memoria caldea el corazón, nos hace mantenernos esperanzados, alegres en el Señor, nuestra fuerza y nuestra fiesta, sencillamente y sin miedo.

3.- “¡Aleluya!”
(Audiencia General, Juan Pablo I, 20 de Septiembre de 1.978)

“¡Aleluya!” es el grito jubiloso de esperanza que atraviesa, como un rayo de luz, por más impenetrable que sea la tiniebla, tanto el Salterio como la vida de los santos. San AGUSTÍN, en una homilía sobre el aleluya pascual nos dice que el verdadero aleluya lo cantaremos en el Paraíso. Aquél será el aleluya del amor pleno; mientras el que cantamos en la tierra, es el aleluya del amor hambriento, de la esperanza.

Somos conscientes de que este mundo no está llamado a la esperanza, pero nosotros queremos ser misioneros de la esperanza, heraldos del aleluya, porque la esperanza del mensaje cristiano, lejos de apartarnos de la tarea de edificar el mundo, más bien nos compromete a ello con una obligación más exigente (Cfr. Gaudium et Spes, 34).

Citemos a Santo TOMÁS de AQUINO que incluye entre las virtudes la “jucunditas”, o sea, la capacidad de convertir en una alegre sonrisa las cosas que hemos oído y hemos visto (Cfr. II-II, q. 168 a. 2). Convirtiendo en una virtud cristiana el bromear y hacer sonreír, Santo TOMÁS nos coloca en primera línea de la "Nueva Buena" predicada por Cristo, de la “hilaritas” recomendada por San AGUSTÍN, de esta forma derrotamos al pesimismo, vestimos de gozo nuestra vida cristiana, nos animamos con las alegrías sanas y puras que encontramos en nuestro caminar.

NOTA.- Dice la escritura "les daré un corazón íntegro e infundiré en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que sigan mis leyes y pongan por obra mis mandatos; serán mi pueblo y yo seré su Dios" (Ezequiel 11,19-20) y se podría decir lo mismo de nosotros... Tras un tiempo prudente, de rodaje como Asociación Civil, ha llegado el momento en que el Señor ha decidido ser más exigente, impulsándonos a un compromiso mayor... Ha llegado el momento de ser valientes, y hacer una vida más comprometida, más ordenada, más fraterna, más solidaria, más entregada, más de servicio... todo ello bajo una nueva denominación FRANCISCANOS EUCARÍSTICOS POBRES DE NAZARET.


Podríamos decir, y estaríamos muy a la moda, que nos llamamos "FRANCISCANOS" en honor al Papa FRANCISCO y su nueva forma de hacer Iglesia, permitid que esbocemos una sonrisa, porque el Papa FRANCISCO, dicho con todo respeto, no ha hecho nada nuevo en la Iglesia, simplemente sabe predicar "evangelio, evangelio y evangelio", quizás al modo de otro gran evangelizador, en este aspecto, el propio San FRANCISCO de ASÍS quien decía a sus frailes: "Predicad el Evangelio, y si es preciso, con palabras", pues la frescura del anuncio evangélico de ambos "franciscos" sólo radica en su vivencia, coherencia y radicalidad del Evangelio mismo, sea como fuere nos decimos franciscanos, elegid vosotros el sentido que prefiráis, porque cualquiera de ellos os llevará al mismo sitio: Al Evangelio.


Somos "EUCARÍSTICOS" porque, al hilo de lo anterior, nuestro lema es "Sembrar la Eucaristía en los caminos del hombre de Dios", porque el Evangelio, Palabra del Dios vivo y verdadero, adquiere carnatura en el Señor, Jesucristo, por el misterio de la Encarnación, y por medio de la Eucaristía, la palabra previa del Padre, Dios vivo y verdadero, se torna presencia viva y verdadera del Hijo. Así como la beata TERESA de CALCUTA inculcó siempre a las MISIONERAS DE LA CARIDAD la Adoración, la Eucaristía y la comunión frecuente como la fuente de la fuerza de su tarea, porque contemplando el misterio del pan partido, y repartido, es como se encuentra la forma de tornarse y convertirse, partirse, repartirse en el servicio de los más pobres y necesitados, nosotros hemos aprendido la misma lección, y si en los oratorios de las MISIONERAS DE LA CARIDAD aparece siempre escrita la leyenda "tengo sed" (Juan 19,28) junto al crucificado, para no perder nunca esta referencia de servicio y entrega, en nuestro caso esta motivación podría ser "dadles vosotros de comer" (Mateo 14,16) porque siempre encontraremos hermanos nuestros hambrientos, a partes iguales, tanto de la Palabra del Señor, como del pan que alimenta.


Y somos "de NAZARET" porque si hemos fundado nuestra nimia regla de vida, proyecto vital, en tres palabras clave "Abba, Amén, Aleluya" no menos cierto es que maestra para ello tenemos en MARÍA, que por su ser "humilde ante el Señor" supo hacer suya esa condición de hija necesitada que le hace exclamar "¡Abba, padre! Necesito de ti" actitud de los pobres, pobres de espíritu, los llamados "anawim" en la escritura... porque al decir, plenamente confiada "Fiat, hágase en mí tu palabra" estaba pronunciando el "amén" definitivo al ofrecimiento de Dios de salir de forma definitiva al encuentro del hombre, en su hijo Jesús... y finalmente porque ella, sin duda alguna, aunque los evangelios no lo cuentes, fue la primera en pronunciar el "Aleluya" ante la resurrección de su hijo, no en balde, durante el tiempo pascual, se saluda a MARÍA en vez de con el tradicional ÁNGELUS, con la triple invocación del aleluya del REGINA COELI.

Y finalmente "POBRES, porque a imitación del Señor estamos llamados a mirar la miseria de nuestros hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras encaminadas a paliarlas. La miseria no es lo mismo que la pobreza, porque la miseria es la pobreza de los que viven sin esperanza, sin confianza, sin conocer a solidaridad que se vuelque hacia ellos. Considerando pobreza como todas aquellas situaciones que son incompatibles con a dignidad humana y que es la base de la ausencia de derechos fundamentales, de alimento, de vestido, de techo, de trabajo, de higiene, de desarrollo personal y crecimiento cultural y espiritual. Frente a esta pobreza queremos ser, con la Iglesia, "diakonía", servicio, para sanar las heridas y atender todas estas necesidades que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres, en los últimos, vemos el rostro de Cristo, amando y sirviendo a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se dirigen también a hacer que cambien las circunstancias en que se producen, globalmente en el mundo, los ataques a la dignidad de la persona, la corrupción y las discriminaciones que se encuentran en la base  en que enraiza la miseria. cuando el poder, el dinero, el lujo, se convierten en ídolos se hace precisa la exigencia de una justa distribución de la riqueza, por lo que es preciso que nuestra conciencia se convierta a la justicia social, a la igualdad, a la sobriedad en el consumo y al compartir.